Uno no deja de sorprenderse. En pocos minutos se transita por un panorama de noticias consecutivas, pero tan dispares entre ellas que se puede pasar de la conmoción al embeleso, y al oscilar en tal medida las emociones, atropelladamente y sin una mínima preparación previa,finalmente uno termina con una especie de indigestión mental: no hubo tiempo de asimilar una novedad antes de sentir el efecto de la siguiente, y todas ellas, así como llegaron, sin masticar, quedaron acumuladas en algún lugar del trayecto, desde los sentidos hasta la comprensión.
Obviaremos aquí intencionalmente lo desagradable –que, dicho sea de paso, puede llegar a niveles impensados– para señalar un ejemplo de la diversidad mencionada: al oír –como en efecto sucedió– que una psicoanalista francesa considera que la lectura de El Quijote es un antídoto eficaz en los casos de depresión, la grata impresión que deja algo así hace que solo por ello haya valido la pena el rato frente al televisor. Pero vino algo más, que si bien ya pocas cosas asombran, no es de menospreciar : en Australia se venden pinturas hechas por una niña de dos años, a precios que oscilan entre los 200 y los 1400 dólares.

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