domingo 16 de agosto de 2009

¿Todavía es posible?


Que la vida en esta tierra está llena de paradojas, todos lo sabemos. Pero he aquí una interesante: en el momento en que el progreso tecnológico nos ha llevado al mecanismo más veloz y eficiente de comunicación que se pudiera imaginar, el ser humano se encuentra más frustrado que nunca en su deseo de que lo escuchen. En efecto, en una red inconmensurable por su tamaño y por su constante potencial de crecimiento, se entretejen diariamente los mensajes de millones de personas de todo el globo, pero en frente de cada pantalla que los “vincula”, se sienta un hombre o una mujer que están tan solos como al nacer.

Los pobladores de las grandes urbes nos vemos impelidos a luchar contra tiranos como la prisa, la competencia y el consumismo impuesto, entre otros factores, por el dictado de la moda. Ese desgastante esfuerzo no deja espacio para el individuo, que se hace a sí mismo a un lado para perderse dentro de la masa, y es así como llega casi a olvidarse de que tiene su propia capacidad de expresarse. Además no encuentra quién quiera escuchar algo simple, desvinculado del trabajo, la productividad y otros tantos asuntos que mantienen “seriamente” ocupadas las mentes de los otros. Es esto lo que nos sugiere el enternecedor testimonio de una lectora, que nos escribe haciéndose eco de la situación vivida por nuestro jefe de redacción al fallecer su perro: algo que tal vez -pensó él- no era importante para nadie excepto para él.

Nos sumergimos en un torbellino de velocidad para perseguir objetivos como el dinero, el placer y el poder, y en nuestra carrera desenfrenada dejamos atrás, sin darnos cuenta, muchas de las oportunidades que la vida nos brinda de comunicarnos para lo más sencillo y cotidiano de la vida. Pareciera que todos andamos demasiado ocupados y apurados para hablar con nuestros semejantes o escucharlos (¿Recuerdan el hombre de los números de El Principito?). No logramos encontrar la combinación de tiempo y lugar (excepto en vacaciones) para una comunicación descansada que no tenga que ver con las exigencias de nuestros agobiantes perseguidores: el trabajo, la rutina, la situación del país, etc., y más difícil aún es hallar, para ese intercambio, un marco saludable de sosiego y edificación mutua.

“No es bueno que el hombre esté solo” dijo Dios después de crear al primer hombre, y creó su compañera. Todavía el hombre no ha superado esa necesidad, y desde aquí queremos estimular a cada lector a que nos acompañe, y juntos insistamos en creer que la comunicación todavía es posible.

(De: Archivo - Septiembre 1998)



“Haz el bien y no mires a quién”...decía aquel viejo refrán.


“¿Decía?” ¿Acaso ya no nos dice nada este dicho popular?

No sé si es ésa la conclusión a la que debería llegar después de haber visto el patético grito de socorro “¡Soy millonario! ¿Qué hago?” en el título de un artículo publicado en The New York Times.

Con asombro asisto como espectadora a la descripción de uno de tantos programas ideados por los hombres de nuestra época para encontrarles un rumbo a sus errantes y cansados egos. Antes era suficiente con hacer el bien. Ahora, en el fin del siglo de la proliferación de lo superfluo, hace falta saber no sólo a quién se hace el bien, sino tomar un curso para hacerlo inteligente y responsablemente. No sé si, al tomar con humor un nombre tan irreverente como “Curso de Filantropía Práctica” (dictado por la respetable Fundación Rockefeller), estaré restándole gravedad al trasfondo de este fenómeno, pero confieso que me hizo mucha gracia al leerlo. Así como me hace gracia que los ahora denominados “megarricos” paguen sumas tan inverosímiles como 20.000 dólares para “aprender” a donar su dinero, ya que el tenerlo en tanta abundancia no les ha servido para algo tan sencillo como es dar al que necesita. Al contrario: precisamente por tener tanto y no saber en qué emplearlo, son presa fácil de ingeniosos artificios destinados a enriquecer a los que se aprovechan de su ingenuidad. Es así como se inventan conceptos como “caridad estratégica”, quizás con el fin de darle un aspecto empresarial a la tarea de hacer beneficencia.

Me resulta increíble pensar que una persona no sea capaz de encontrar, en medio de las condiciones de vida tan extraordinariamente deterioradas en que actualmente sobrevive la mayoría de los pobladores del planeta, un grupo humano a quien asistir de forma inmediata, sin detenerse a analizar cuándo, cómo o por qué ayudarlo. No es necesario ser un especialista para ver cuántas y cuán variadas son las necesidades a nuestro alrededor: hambre, niños abandonados, enfermos incurables, indigentes sin hogar, y para qué seguir... Por si fuera poco, abundan por doquier campañas que comienzan a raíz de situaciones apremiantes ocasionadas por algún suceso específico, como lo fueron este año las inundaciones del litoral, y más de un niño que necesitaba un órgano para poder seguir viviendo, por citar dos ejemplos conocidos por todos. En ambos casos es indudable que las formas posibles de ayuda son múltiples, en caso que alguno se atreva a decir que “no se le ocurre” qué hacer por sus semejantes aunque tiene los medios para hacerlo.

El llamado tercer sector se acrecienta día a día impulsando cada vez más iniciativas para brindar ayuda desinteresada a innumerables sectores de la sociedad, tanto así que en el principal diario del país se le dedica una página a esta actividad. Y al mismo tiempo, hay personas que no saben a quién ni cómo dar su dinero. Suena a ironía, pero se le podría llamar insensibilidad, ceguera, estupidez, por parte de los incapaces de hacer el bien “sin mirar a quién”. ¡Ojalá fuera tan sencillo! Pero no lo es: intuyo que se trata de un fenómeno mucho más complejo y profundo, que la insuficiencia de espacio me impide analizar aquí. Pero ello nos debería invitar a preguntarnos si el hombre actual ha llegado a deshumanizarse de tal modo que ya no sabe dónde están sus manos, y si ellas son capaces de alcanzar lo que tienen delante por el solo impulso natural que nace de un ser que está vivo y se mueve. La implacable respuesta sería concluir que los hombres no vemos y no nos movemos por la simple razón de que estamos “muertos”. Pero no seamos extremistas, y concedámonos el beneficio de la duda, ya que aun alguien que está vivo puede estar impedido de moverse a voluntad, como en el caso de una persona ciega o enferma. Y es aquí, precisamente, donde se descubre el triste, dramático, pero real trasfondo al que me refería más arriba: el hombre moderno está enfermo. Padece de muchos males que han atacado su ser desde lo más interno: egoísmo, indiferencia, ingratitud, afán de grandeza, por nombrar algunos. Y ya no puede elegir la opción de “no mires a quién”, porque ya no puede ni siquiera mirar: su avanzada enfermedad le ha ocasionado una aparentemente irreversible ceguera del alma.

(De: Archivo - Noviembre 1998)


Para los cansados


Nos topamos por doquier con gente cansada -a veces harta- de sufrir en medio de la más total impotencia, los embates de una especie de enjambre de muchos males simultáneos que los rodean como individuos o como comunidad. Son todos ellos muy conocidos para todos nosotros: desempleo, inutilidad de los organismos encargados de hacer justicia, corrupción generalizada, etc. Es por ello que desde estas páginas deseamos proponer nuevamente los valores de siempre, a manera de recordatorio, si se quiere de aliciente, para atacar el cansancio moral –que amenaza con invadir, desde el corazón, todo el ser de tantas personas–con el antídoto de una actitud constructiva, que algunos podrán denominar esperanza, otros perseverancia, pero que sin importar el nombre que cada uno le dé, todos pueden aportar desde su posición individual.

Vemos cómo la violencia se cuela por cada resquicio a nuestro alrededor, pero al rencor y al hambre de venganza que la instigan podemos contraponerles el amor y el perdón.

Encontramos discordia a la vuelta de cada esquina, y hay la que si nos descuidamos se transforma en guerra: elijamos la reconciliación y la paz.

Los modelos de relaciones interpersonales que nos proponen los medios de comunicación masiva son de desintegración y ruptura; los límites entre lo correcto, lícito y sano, por un lado, y lo irregular y a veces hasta inmoral (aceptado actualmente como normal) se han desvanecido, y solo queda una variedad permitida bastante confusa. Pero nosotros no dejaremos de insistir en apoyar la unión de las personas mediante lazos constructivos y la familia como núcleo primordial para la preservación de una sociedad sana. Es en la familia donde el ser humano se puede nutrir de esos valores que le permitirán hacer frente, como armas, a la batalla cotidiana que debe librar con un mundo arruinado por los antivalores que definen su decadencia.

Frente a la incomprensión hacia nuestros semejantes que genera desprecio, marginación y exclusión, optamos por la tolerancia, la consideración y el respeto por cada persona, raza, ideología o nacionalidad, con el propósito de fomentar la equidad y la justicia, que serán el único medio a nuestro alcance para vencer esa tendencia tan humana al separatismo y la segregación. Éstos, a su vez, son el caldo de cultivo del fanatismo del que nacen muchas guerras.

Reivindicamos la responsabilidad contra la negligencia y la evasión; la diligencia en lugar de la desidia; el compañerismo y la solidaridad en remplazo del individualismo egoísta; la veracidad y la transparencia como alternativas al engaño y el fraude.

La sociedad actual nos invita a abalanzarnos en frenética carrera en pos del éxito, para lo cual las consignas son competir ­–lo más ferozmente que se pueda­­– y ganar. Sin embargo, en vez de buscar un triunfo que implique aplastar a un contrincante para saborear una victoria que es tan solo la derrota de otro ser humano, abogamos por el crecimiento sostenido de cada persona con miras a la superación personal. El modelo de “éxito” que se nos ofrece consiste en riqueza, poder y fama, con la opulencia y la ostentación como sus signos exteriores más evidentes. Pero preferimos la riqueza invisible como antimodelo: ésa que solo conoce quien “hace tesoro en el cielo” como aconsejaba Jesús.

¿Y de qué llena su tesoro el hombre común de nuestra época? Acumula lo material o los medios para conseguirlo. Persigue la productividad como el máximo ideal, sumergiéndose en la corriente de cambio continuo y vertiginoso que impone tal tarea en la vida del ciudadano moderno. Prefiere ese gran esfuerzo, a lograr dentro de sí mismo una estabilidad sosegada y duradera, ya que ingenuamente cree que dicho estado lo obtendrá mediante ese ritmo agotador de cambio para el que, además, no hay otro descanso que el espejismo del placer y la diversión a ultranza. Pero éstos son solo una fuente relativa de alivio que no se puede comparar con la verdadera satisfacción interior, aquélla que produce alegría y paz.

Busquemos la sabiduría que nos permita sustituir lo ordinario, insustancial y efímero de esta vida por lo trascendente, profundo y eterno, y hagamos de ello ese tesoro en el cielo “donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde los ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” 1.

1 Evang. según San Mateo 6:20,21

(De: Archivo - Noviembre 2000)

Solidaridad y ecología: la voluntad de perdurar


A raíz de la inauguración de la Cumbre de la Tierra en Johannesburgo tuvimos la oportunidad de conocer las palabras del presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki, quien apuntó a un concepto fundamental, tan oportuno como ineludible dentro de la temática a tratar en la cumbre: la solidaridad. De su discurso destila el clamor universal –en él personificado, para la ocasión– por esa virtud desplazada, siempre postergada, que el hombre conoce no de haberla aprendido, sino porque la trae consigo al nacer. Porque “la inclinación a sentirse unido a sus semejantes y a la cooperación con ellos” –según la define el diccionario– es una característica que si aun en los animales la vemos con frecuencia, resulta vano discutir que es inherente al ser humano. Negarlo sería como negar que el hombre nace con la capacidad de amar. Porque de eso se trata la solidaridad: va más allá de la simple consideración o la cortesía; nace del respeto por el otro, y tiene como objetivo identificarse con él.

Y la misma palabra parece llevarnos por caminos de exploración ilimitados y variadísimos. Significa, además de identificación, o precisamente en función de ella, la acción que requiere para demostrarla, y es entonces donde se ponen de manifiesto los conceptos que incorpora: compañerismo, unión, fraternización, apoyo. A veces en las relaciones humanas no necesariamente se da la armonía o la concordia, sin embargo ello no limita a la solidaridad. La adhesión a la causa de otro, o la comunidad de intereses y aspiraciones (otra definición del diccionario) puede ser circunstancial, y sin embargo en la práctica tiene un peso de verdad y de resultados que otros acercamientos, más pasajeros, no lograrían. Por eso la solidaridad tiene que ver con los hechos y no con las palabras. Por algo su origen deriva de la palabra sólido, y transmite la noción de lo que permanece, de lo que se construye y perdura, de algo más tangible que las meras ideas.

La economía del lenguaje y la tendencia actual a unificar y simplificar las variantes en un concepto claro y único dieron cabida a la palabra solidaridad como la adecuada y definitiva. Hasta pareciera haber llegado a sustituir muchas otras formas de denominar las iniciativas colectivas de asistir a los necesitados, como caridad, beneficencia, y otras similares. Resulta muy familiar desde la primera vez, pues casi todos comenzamos a oírla desde los primeros años de la primaria. Además suele repetirse en los más variados contextos: desde la Iglesia, los sindicatos o la biología, hasta aquello que, recordemos, se constituyó en nombre de un partido y emblema de un hecho histórico: la Solidarnosc liderada por Lech Walesa en Polonia. De todo ello inferimos su fuerza, su riqueza y su importancia. Su inmenso valor si la sacamos de los discursos para ponerla a funcionar, ya que como concepto es tan adaptable a cualquier corriente de pensamiento, tan versátil para atravesar fronteras raciales, geográficas o religiosas. Tan dúctil como para equipararla con la equidad y el acuerdo, nociones éstas entre cientos de otras que se habrán manejado en las conversaciones de la cumbre, así como en la de cualquier otra reunión de dirigentes de potencias, que tanto abundan por estos días.

Y precisamente, he ahí la ocasión perfecta para poner a prueba estas virtudes: una conferencia de carácter mundial que está signada por el pesimismo de sus asistentes y por lo gigantesco de la misión a cumplir. El presidente Mbeki afirmó que “lo que se requiere de nosotros es que acordemos medidas prácticas que ayuden a la humanidad (...) mediante un Plan de Aplicación, un plan global creíble y con significado para alcanzar las metas”. Es interesante observar cuánto del potencial de la solidaridad a la que él apela contiene esa afirmación y se podría poner en práctica si hubiera la voluntad: acuerdo, medidas prácticas, aplicación, plan creíble, alcanzar... Todas ellas palabras que, dejadas en la frase del discurso, son estimulantes pero no sirven de nada, pero sacadas de la retórica y traducidas en actos concretos, podrían probar que si el llamado es tan claro, simple y fácil de entender, no debería ser difícil de llevar a cabo. La solidaridad entonces se convertiría en el arma primordial para combatir la depredación ignominiosa que sufre la tierra y su población castigada, ésa que aparece en los cuadros estadísticos que nadie tiene la paciencia de leer, con cifras millonarias referidas al hambre, los analfabetos, el sida, el acceso al agua potable, y otras injusticias.

También es interesante descubrir que como virtud polifacética que es, la solidaridad encuentra parentesco con el objeto de su accionar cuando se la ejercita, y en este caso que nos ocupa, es la preservación del equilibrio ecológico el escenario privilegiado donde podríamos observarla en plena acción. La ecología tiene las mismas raíces, aspiraciones y huellas en las almas sensibles, en cuanto a la tierra como nuestro común hogar, que la solidaridad en cuanto a nuestros congéneres. Aquí no importa la semántica sino la funcionalidad: lo ecológico es lo solidario, y poco importa si ya ha sido acuñado el término “ecología social” o no, sino aplicar tanto lo uno como lo otro. Amar la tierra es amar a sus habitantes y viceversa, y de todos nosotros, individualmente, depende una ínfima porción del esfuerzo mundial. El “progreso” derivado de la tecnología es el que nos ha impuesto la globalización con sus consecuencias: el abismo de desigualdad social, la destrucción de la naturaleza, la dificultad extrema para sobrevivir de millones de personas, y el deterioro ambiental, para nombrar algunas, todas ellas partes de una especie de gigante asesino que parece cernirse sobre el planeta y al que hay que erradicar. Pero el ejercicio de la solidaridad es un acto de servicio al progreso verdadero de la humanidad, aquél que implique detener la progresiva ruptura del equilibrio ecológico natural que incluye el social, porque cuando los recursos que son de todos los disfrutan unos pocos no se puede hablar de desarrollo, avance, orden mundial o calidad de vida, ni ninguna de esas palabras tan cacareadas en los congresos mundiales. El “principio salvaje de la supervivencia del más fuerte”, tal como llamó Mbeki al pretendido y mal llamado orden mundial que hay que desmantelar, debería haber quedado atrás, muy atrás, en la prehistoria del hombre que creíamos haber superado con la “civilización”. Esto es sólo el principio de un llamado a despertar.


(De: Archivo - Septiembre 2002)

Vasallos de los mercaderes


Un rato de ocio. Nos adelantamos en el tiempo a épocas futuras, muy futuras al parecer –según las señales de nuestro presente– y leemos:


“Por entonces Mercado era un imperio absolutista que dominaba todo el mundo conocido. Erigido y sostenido en honor al dios Dinero, el gobierno se lo repartían un puñado de países que mantenían guerras encarnizadas entre Occidente y Oriente con el fin –entre otros igual de mezquinos– de apoderarse del producto más preciado y codiciado que la tierra ofrecía en aquellos tiempos: el petróleo. Dicho sistema dictatorial había progresado vertiginosamente en manos de oligarcas que insistían en que la ideología que lo sustentaba era la democracia, y bajo ese falso estandarte acrecentaban su poder económico, político y militar, y cabalgando sobre tal engaño político, iban pisando cabezas de cientos de millones de personas hundidas en la pobreza, el hambre y las epidemias, además de otras muchas calamidades. A esta población oprimida, que constituía la mayor parte de la población mundial, se la llamaba despectivamente «el Tercer Mundo». Al imponerse por la fuerza en prácticamente todas las áreas de la vida de las personas, el imperio fue socavando las bases más antiguas y sólidas de la dignidad humana, interfiriendo en la educación, salud, hábitos de vida, cultura, ideología, religión e instituciones de sus “súbditos” del Tercer Mundo. Es así que en crónicas del año 2005 d.C. se relata, por ejemplo, el caso de un respetado cura de la Argentina, reconocido por su lucha incansable a favor de los pobres y desamparados, quien en una entrevista televisiva se refería a una nueva modalidad en la construcción de las casas de cierta barriada marginal, que en ese país se conocían como «villas miseria». Estas viviendas que describía, ahora se construían sin cocina. Simplemente se les instalaba un calentador para el mate (véase glosario). Ante el asombro de la periodista, el sacerdote explicó que al no haber alimento alguno que compartir, la antigua y muy arraigada tradición de la mesa familiar había sido definitivamente suprimida del hogar. Por lo tanto, cada integrante de las familias pobres según su edad y condición trataba de recibir algunas de las comidas necesarias de cada día. Para ello, en todo el país existían establecimientos a los que asistían indigentes, ancianos sin familia, o madres con hijos de corta edad, según se tratara de «comedores» populares (a cargo de organizaciones sin fines de lucro o dependencias del gobierno), guarderías o algún otro tipo de refugio ofrecido por solidaridad. Para la familia implicaba un ahorro de espacio, muebles, comestibles y utensilios. Sin embargo, aquella nueva forma de vida era un atropello del imperio que, sin piedad alguna iba destruyendo, uno por uno los elementos básicos del sistema de valores sobre los que se había construido la sociedad hasta ese momento de la historia del hombre”.


Volvemos de nuestro viaje de la imaginación y al aterrizar nos preguntamos si no será ésta una página de un libro de historia universal para alumnos de secundaria. ¿Qué año? Aventuremos alguno: 2500, 3000 tal vez…


(De: Archivo - Agosto 2005)


La frase


Desde un noticiero televisivo, mientras se comentaba sobre las protestas de la población por los recientes y continuos cortes de electricidad, me golpeó en los oídos una frase del Jefe de Gabinete, Alberto Fernández, para la que no pude encontrar un calificativo adecuado. Por supuesto, en mi fuero interno desfilaron unas cuantas palabras peyorativas, pero para ponerlo por escrito tenía que pensar en alguna palabra que pudiera describir la inmadurez tanto política como humana de su autor, y sumara además algunos matices que reflejaran mi indignación en forma decente. La memorable frase, justificando los cortes en el suministro de energía, fue: "Los argentinos somos víctimas de nuestro propio éxito" (sic). En una fracción de segundo sentí en mi cabeza el efecto combinado de impresiones negativas que sería difícil sintetizar, porque para empezar, ni siquiera de un colegial al que hubieran encuestado por la calle sobre el asunto cabría esperar semejante razonamiento. En fin, pensé que tendría que recurrir al diccionario de sinónimos e ideas afines para encontrar un adjetivo que explicara por sí solo todo lo insensato, miope, limitado, despreciativo e irrespetuoso de la declaración del funcionario. Pero después pensé que un individuo que, siendo político (o creyendo serlo) tiene la osadía de hacer un ridículo semejante, no merecía que me molestara en utilizar mi precioso tiempo para buscarle un calificativo ajustado, ni a él ni a su insultante “justificación” pública. Mientras en esto cavilaba, a los pocos segundos, en otro noticiero, entrevistaron a una joven discapacitada que explicaba que necesitaba de un aparato de oxígeno para poder sobrevivir. Fue entonces que decidí que en lugar de gastar mi energía y pensamientos en criticar al Jefe de Gabinete y su infeliz frase, prefería preguntarle por este medio –y quizá algún lector lo ayude a contestar, o a mí a entender– a qué clase de éxito se referiría si lo pusiéramos frente a aquella joven, y de qué admirable manera le podría explicar a ella eso de ser “víctimas del éxito económico”. Me imagino la escena, y daría cualquier cosa por escuchar a Alberto Fernández repitiendo su insigne frase a ancianos en pisos altos de edificios impedidos de usar el ascensor, a madres de bebés que tienen que tirar por la cañería la leche echada a perder, a enfermos graves que para no morirse dependen de toda la aparatología tecnológica que la medicina provee, y a cientos de comerciantes de productos como pescado, carne, y tantos otros alimentos y hasta medicamentos que deben resignarse al “éxito económico” de perder su producción por el simple hecho de ser argentinos. Si usted quiere, señor Jefe de Gabinete, dejemos en suspenso la propuesta hasta que comiencen las muertes a raíz de los cortes de electricidad. Entonces, para oír alguna otra ocurrencia suya como la que hizo pública últimamente, le aseguro que pagaré asiento en primera fila.

(Enero 2008)


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