domingo, 3 de enero de 2016

La Navidad que nadie nos contó




El profeta Zacarías, al nacer su hijo Juan el Bautista, primo de Jesús, enuncia una profecía bellísima sobre la salvación y sobre la misión de su hijo Juan de preparar el camino para que el mundo reciba a Jesús como el Mesías. A este recibimiento por parte nuestra, él se refiere diciendo.

             “Así nos visitará desde el cielo el sol naciente,
             para dar luz a los que viven en tinieblas,
             en la más terrible oscuridad,
             para guiar nuestros pasos por la senda de la paz1

        En la oscuridad de la noche resplandecieron los cielos con la aparición del ángel a los pastores que cuidaban sus rebaños por turnos.

“… Sucedió que un ángel del Señor se les apareció.
 La gloria del Señor los envolvió  en su luz, y se llenaron de temor.
«No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias
que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. 
Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor» ”. 2

       Aquí estamos presenciando la iluminación de dos formas: en la profecía se la describe en metáfora como un sol naciente enviado “desde el cielo”. 3

      En la aparición del ángel la luz se describe como proveniente de la “gloria del Señor”, algo inimaginable para los que no hayamos tenido el privilegio de ver esa magnitud de luz.


     ¿Acaso alguien le puede temer a la luz? El temor inicial de los pastores fue una mezcla de susto y sorpresa como el que cualquiera de nosotros sentiría en un caso así. Pero no era miedo. La prueba es que enseguida emprendieron el camino para corroborar el anuncio. 

     Recibir una luz que alumbre nuestra propia oscuridad como proyecto y objetivo en la vida, y más aún, concebida como una luz de amanecer que indica comienzo, un inicio luminoso y esperanzador ¿es acaso algo que pueda inspirar desconfianza?

    Cabría preguntarnos entonces por qué tanto temor a la Navidad, pero no la fiesta ni la celebración exterior y material que tanto atraen, sino la verdadera Natividad, esa que no puede ser representada más que en la sencilla escena de unos padres en un establo con su niño recién nacido. Se le teme  pensando que nos coacciona, que pretende obligarnos a creer en un niño que es la encarnación del propio Dios sin posibilidad de disentir o dudar, porque esta Navidad surge de la misma religión que –según nuestro escaso conocimiento- nos impone reglas y órdenes rigurosas e inflexibles, que acusa, discrimina y excluye. Temor a que creer en ello nos ate a una tradición o a un credo que no queremos compartir, que nos defina como pertenecientes a un culto que exige cumplir preceptos como ir al templo determinados días y dar crédito a dichos y hechos que acontecieron hace miles de años y de los cuales no podemos tener certeza. Se tiende a asociar la Navidad con la religión cristiana como institución, pero de esta última a veces se tiene muy mal concepto debido a su historia, personajes, hipocresía y testimonios de incoherencia cuando menos. Y hay quien tiene esa misma idea generalizada de todas las religiones. Así que es mejor mirar la Navidad de lejos, casi como una tierna postal de una escena meliflua y un tanto pueril, más bien pensada como dibujo para colorear de esos que les gustan a los niños pequeños. Eso nos evita pensar, averiguar, aprender, y nos perdemos su incomparable riqueza.

        Pensemos bien: un bebé indefenso, en la más completa pobreza, acompañado de sus padres y algunos animales en un establo oscuro e inhóspito, ¿qué sentimiento nos produciría? Ciertamente muchos, pero jamás miedo. Sus brazos abiertos invitan a abrazarlo a él, nos dicen que Dios quiere tomar la humanidad entera que en esos bracitos de niño no cabe, pero que su luz sí es suficiente para iluminar al mundo entero de una vez y para siempre, si tan solo lo creemos.

      Si alguien nos dice que nos trae una buena noticia ¿reaccionamos con miedo? Si además advierte que tal noticia llenará de alegría a todos a nuestro alrededor, sería ridículo responder con miedo. Y por si fuera poco, la noticia no es menor: es el anuncio del nacimiento del Salvador. ¿Existe alguien que esté exento de necesitar algún tipo de salvación a lo largo de su vida? Una persona en medio de un mar embravecido puede ver de cerca la muerte, y ahí comprendería que necesita un salvador, mejor si se trata de ese a quien –no por casualidad-  llamamos “salvavidas”. Lo mismo ocurre con tantas personas en medio de cualquier catástrofe, ya sea natural o provocada por el hombre, o en la peor pensable: la guerra. Hemos visto hasta la saciedad personas que padecen un cáncer terminal. ¿No piden acaso salvación? Cada enfermo clama con todas sus fuerzas por algo o alguien que lo salve. Si se trata de un condenado a muerte por error en la justicia humana siendo inocente, sucederá lo mismo. Conclusión: la salvación es una necesidad de la que nadie está exento en ningún terreno de la vida, aunque hayamos nombrado muy pocos. Y sabemos que tales situaciones no son cientos sino miles. Temerle a un salvador es absurdo. Aceptarlo ya es un primer paso de respuesta. Es alzar al bebé y responder a su abrazo inocente y desinteresado y decirle que sí, que es imposible resistirnos a su amor, que lo queremos amar también. 

       Y si alguien nos ofreciera guiarnos por un sendero de paz, ¿nos negaríamos por miedo? ¿No anhelamos con todo nuestro ser tener paz interior, tenerla con quienes convivimos y que esa paz reine en el mundo entero? No creo que haya una persona cuerda que no la anhele. Los que en vez de proclamar paz promueven guerras en nombre de la religión, son solo enfermos dignos de lástima, totalmente oprimidos por el miedo y la inseguridad, ciegos, cautivos de su ignorancia y fanatismo que no tienen la mínima noción de Dios, ni de nada lo que El significa: vida, amor, paz, luz, dicha, descanso, y libertad. 

       El Niño Jesús nace en Belén y ofrece esos dones de parte de Dios, y solo espera que aceptemos recibirlos. Si alguien con una sonrisa radiante y confiable nos trae un regalo, es obvio que no le diríamos: “No, gracias, no quiero tu regalo, me da miedo, vete de aquí”. Tal respuesta sería impensable de una persona en su sano juicio. Pues bien, entendamos de una vez por todas que Jesucristo vino a salvar, no a condenar, vino a libertar, a conducirnos a la paz y por sobre todo, a enseñarnos a amar. Fue el ejemplo innegable del servicio. Servir es la demostración más clara e irrefutable de amar.


       ¿No será que tenemos miedo de amar?   

       El nacimiento del Salvador es lo que el cristianismo celebra como Navidad, y es una buena ocasión para preguntarnos con sinceridad por qué la rechazamos. Quizá la interpretamos mal. Quizá creemos que la Biblia (de la cual procede) es un libro de amenazas de un Dios castigador. En ninguno de los textos citados arriba se habla de obligación, ritos, prohibición ni condena. Jesús hizo mucho énfasis en que Su venida traería libertad, paz, seguridad y amor, especialmente en todo el Evangelio según San Juan, que comienza diciendo, al cabo de pocas líneas, lo siguiente:

“… Él estaba con Dios en el principio. (…)
 En él estaba la vida,  y la vida era la luz de la humanidad.
 Esta luz resplandece en las tinieblas,
y las tinieblas no han podido extinguirla.

(…)  Esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo.

 El que era la luz ya estaba en el mundo, y el mundo fue creado por medio de él, pero el mundo   no lo reconoció.

 Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron”4.

       Seríamos realmente tontos (además de rebeldes) si no recibimos la luz cuando estamos en la oscuridad, o una posibilidad de vida cuando vemos de cerca la muerte. Rompamos esquemas de miedo y superstición que por generaciones nos inculcaron de diversas formas las religiones, culturas y tradiciones. Derribemos todo prejuicio, ya sea ideológico o religioso, porque la LUZ, la PAZ, el AMOR y la LIBERTAD nada tienen que ver con religión ni imposiciones, no implican cadenas para mantenernos sujetos sino todo lo contrario: fuerza poderosa para romper ataduras, quebrar cadenas y abrir puertas, porque así como el odio encadena, el amor libera. Jesús encarna el amor. Y Dios es amor 5.


1 - Lucas 1:78b-79
2 - Lucas 2:9-11
3 – O desde “las alturas”. Otras traducciones bíblicas se refieren a: sol de un nuevo día, aurora, luz matinal, amanecer. El concepto coincide siempre.

4 Jn 1:2, 4-5, 9-10


5 - 1ª de Juan 4:8

Las cursivas para “luz” son nuestras, con la sola intención de destacar reiteraciones y coincidencias

domingo, 22 de noviembre de 2015

Atención con lo que se difunde en las redes




Hoy me quiero referir a ciertos textos que están circulando por las redes sociales y que observo con inquietud. Es esperable que si una persona se considera inteligente y medianamente instruida como para interesarte en cierto tipo de textos, como por ejemplo los que hablan de religiones, culturas, fundamentalismos y raíces del terrorismo, tenga un mínimo de seriedad al retransmitirlos en las redes, pero lamentablemente esto no siempre ocurre. Todos tenemos nuestra propia cuota de responsabilidad en medio de la enorme crisis mundial que atravesamos, y no me refiero solamente a la causada por la situación de los refugiados en Europa, las guerras en Siria y otros países, o la serie de atentados recientes y los pronósticos acerca de otros próximos. La crisis es mundial y abarca muchos contextos, desde lo político y económico hasta lo social y cultural. La responsabilidad que menciono podríamos ejercerla de un modo sencillo en lo que nos atañe directamente: si recibimos un texto que habla de personajes y sucesos de países lejanos de los que no tenemos información cotidiana en el país que habitamos, no podemos sencillamente tomarlos como ciertos e incuestionables. Mucho menos si son de naturaleza tendenciosa, como los que están circulando actualmente. Puntualmente me refiero a un discurso de Vladimir Putin ante el parlamento de su país “acerca de las minorías étnicas” en el que detracta a las minorías musulmanas que habitan en Rusia. Otro texto habla de que el gobierno de Holanda "no adhiere más al modelo de sociedad multicultural”. Observemos esta cita: “Holanda se dio cuenta, quizá un poco tarde, que su liberalismo multicultural podría convertir su país en un territorio de "tribus musulmanas", cuyo objetivo primordial es destruir la nación que los albergó y su propia identidad holandesa”. Ambos son claramente antimusulmanes. El último que menciono, al parecer provendría de una carta dirigida al director de una revista y sin fechar, y luego replicada en diversos y numerosos sitios de internet, pero en general foros públicos de cuyos contenidos ninguna publicación ni institución seria se hace responsable. En algunos, el texto original tiene fechas tan lejanas como diciembre de 2014, que los interesados han cambiado intencionalmente para mostrar el texto como actual. Con respecto al discurso de Putin, ya ha sido desenmascarado, con la debida documentación de apoyo, como noticia falsa que se ha difundido sin escrúpulos. 

     Se debe estar atento a este tipo de mentiras que van creciendo como bolas de nieve en la Red y en las redes, tergiversando la información y conduciendo a los lectores sin criterio a caer en cualquier engaño y manipulación. Desde siempre en inglés se le ha llamado “hoax” (en español "bulo" ) a este tipo de patraña malintencionada (véase la definición de bulo en Wikipedia). Ahora es un momento propicio para que abunden los bulos en relación con el extremismo islámico confundiéndolo con los musulmanes en general, que son los practicantes del Islam y nada tienen que ver con el fundamentalismo que conduce al terrorismo. Cabe señalar que con estas actitudes, los autores de estas publicaciones demuestran, precisamente, ser también fundamentalistas del otro lado (cualquiera que este sea), tanto como los que ellos acusan; de lo contrario no denostarían a los musulmanes e inventarían semejantes historias solo para desprestigiar una religión.

    Si hace falta no solo informarse, sino también educarse en todos los terrenos del saber humano en los que se desee opinar, se debe partir de la misma premisa para recibir información o contenidos cuya fuente se desconoce o que al menos no aparenta ser fidedigna, , que pueden tener poca o ninguna autoridad. Nada que sea anónimo es aceptable como serio ni verdadero. La responsabilidad de formarse un pensamiento crítico y enseñar a las futuras generaciones a hacer lo mismo está en cada uno, y el que no la asume es porque sencillamente no le interesa. Es así como siempre los ignorantes han sido y serán vasallos, y los poderosos con aspiraciones totalitarias siempre los tendrán en la palma de su mano.

domingo, 2 de marzo de 2014

Venezuela entre el cielo y la tierra



Cuando se piensa en un desierto, es común imaginarlo a pleno día, asociarlo con el sol inclemente y una inmensa extensión de arena que se pierde más allá del horizonte visible. El desierto hace pensar en un terreno de aspecto monótono bañado por la luz que hace que sus arenas resplandezcan y que su inmensidad parezca ilimitada. Si se tuviera que resumir el paisaje en un solo color, probablemente diríamos amarillo.
Sin embargo el desierto está sobre la tierra, y el espacio que la cubre es claramente diferenciable: hablamos del “cielo azul”.  Aunque el suelo desértico pueda mostrar variaciones que modifiquen el paisaje, el cielo siempre estará arriba, diferenciado pero presente, como una compañía permanente.
Y el cielo tiene también sus cambios y movimientos: el sol o la luna se van desplazando, nubes y estrellas aparecen o desaparecen, los crepúsculos regalan su primavera de colores. Y en tiempo de fecundidad las nubes estallan para prodigar la lluvia que riega la tierra y la hace prosperar. Sucede cuando el azul del cielo deja de ser azul para acercarse a la tierra como un novio que aproxima su boca a la mejilla de la novia para besarla. Y entonces ella ­–la tierra— ya no es más amarilla porque la sombra del cielo que la cubre la ha oscurecido. Al unir sus dos colores en una delicadísima cópula conciben las criaturas que llenarán el vacío de un tercer color: el verde.
Verde, el color de todo lo que va emergiendo de la tierra, de lo que nace lleno de brío para abrirse paso y colorearla. Las plantas germinan y sus brotes comienzan a exhibir el verde por todas partes; los tallos producen ramas, los árboles se llenan de hojas, diríase que toda la vegetación es como un despertar de la tierra. El verde con sus infinitos matices nace o se renueva, se extiende y multiplica a lo largo y ancho de la creación. La naturaleza obsequia su verdor a los campos que fructifican para la alegría del hombre, y éste se regocija en el cultivo que lo colma de esperanza.
La Venezuela sufriente está atravesando la mayor aridez que recuerde, en su desierto todo lo que pisa quema y lacera sus pies y ve que no puede seguir recorriéndolo en soledad. Pero es justamente ahora cuando, al igual que el cielo brindándose a la tierra para hacerse uno con ella y dar a luz el fruto de la espera, La Providencia se inclina para adentrarse en el intenso calor donde las pruebas más recias fraguan la fortaleza de los corazones humanos. Es allí, en ese desierto del abandono donde la sed devora y el miedo no da tregua, donde la tierra clama con su grito más hondo esperando que el cielo la oiga. Y entonces vemos los primeros brotes de la juventud emergente, aquí y allá, exigiendo que sus peticiones sean respondidas, que la vida sea digna para poder vivirla.
Es allí donde nace la esperanza, porque los golpes rudos en la carne inocente la hacen despertar. El desasosiego de una madre en la completa oscuridad la impele a encender una luz para alumbrarse a sí misma y a otros. El joven que dormía es inquietado por el rugido de la violencia cercana y decide levantarse y actuar. Son todos ellos brotes del verdor fresco que renovará la tierra castigada, el país extenuado que no se deja vencer. Son todos ellos, recién nacidos y fuertes, signos de esperanza.