El profeta
Zacarías, al nacer su hijo Juan el Bautista, primo de Jesús, enuncia una
profecía bellísima sobre la salvación y sobre la misión de su hijo Juan de
preparar el camino para que el mundo reciba a Jesús como el Mesías. A este
recibimiento por parte nuestra, él se refiere diciendo.
“Así nos visitará desde el cielo el
sol naciente,
para dar luz a los que viven en tinieblas,
en la más terrible oscuridad,
para guiar nuestros pasos por la senda
de la paz” 1
En la
oscuridad de la noche resplandecieron los cielos con la aparición del ángel a
los pastores que cuidaban sus rebaños por turnos.
“… Sucedió que un ángel del Señor se
les apareció.
La gloria del Señor los envolvió en su luz,
y se llenaron de temor.
«No tengan miedo. Miren que les traigo
buenas noticias
que serán motivo de mucha alegría para
todo el pueblo.
Hoy les ha nacido en la ciudad de
David un Salvador, que es Cristo el Señor» ”. 2
Aquí
estamos presenciando la iluminación de dos formas: en la profecía se la
describe en metáfora como un sol naciente enviado “desde el cielo”. 3
En
la aparición del ángel la luz se describe como proveniente de la “gloria del
Señor”, algo inimaginable para los que no hayamos tenido el privilegio de ver
esa magnitud de luz.
¿Acaso
alguien le puede temer a la luz? El temor inicial de los pastores fue una
mezcla de susto y sorpresa como el que cualquiera de nosotros sentiría en un
caso así. Pero no era miedo. La
prueba es que enseguida emprendieron el camino para corroborar el anuncio.
Recibir
una luz que alumbre nuestra propia oscuridad como proyecto y objetivo en la
vida, y más aún, concebida como una luz de amanecer que indica comienzo, un
inicio luminoso y esperanzador ¿es acaso algo que pueda inspirar desconfianza?
Cabría
preguntarnos entonces por qué tanto temor a la Navidad, pero no la fiesta ni la
celebración exterior y material que tanto atraen, sino la verdadera Natividad,
esa que no puede ser representada más que en la sencilla escena de unos padres
en un establo con su niño recién nacido. Se le teme pensando que nos coacciona, que pretende obligarnos
a creer en un niño que es la encarnación del propio Dios sin posibilidad de
disentir o dudar, porque esta Navidad surge de la misma religión que –según
nuestro escaso conocimiento- nos impone reglas y órdenes rigurosas e
inflexibles, que acusa, discrimina y excluye. Temor a que creer en ello nos ate
a una tradición o a un credo que no queremos compartir, que nos defina como
pertenecientes a un culto que exige cumplir preceptos como ir al templo
determinados días y dar crédito a dichos y hechos que acontecieron hace miles
de años y de los cuales no podemos tener certeza. Se tiende a asociar la
Navidad con la religión cristiana como institución, pero de esta última a veces
se tiene muy mal concepto debido a su historia, personajes, hipocresía y
testimonios de incoherencia cuando menos. Y hay quien tiene esa misma idea
generalizada de todas las religiones. Así que es mejor mirar la Navidad de
lejos, casi como una tierna postal de una escena meliflua y un tanto pueril,
más bien pensada como dibujo para colorear de esos que les gustan a los niños
pequeños. Eso nos evita pensar, averiguar, aprender, y nos perdemos su
incomparable riqueza.
Pensemos
bien: un bebé indefenso, en la más completa pobreza, acompañado de sus padres y
algunos animales en un establo oscuro e inhóspito, ¿qué sentimiento nos
produciría? Ciertamente muchos, pero jamás miedo. Sus brazos abiertos invitan a
abrazarlo a él, nos dicen que Dios quiere tomar la humanidad entera que en esos
bracitos de niño no cabe, pero que su luz
sí es suficiente para iluminar al mundo entero de una vez y para siempre, si
tan solo lo creemos.
Si
alguien nos dice que nos trae una buena noticia ¿reaccionamos con miedo? Si
además advierte que tal noticia llenará de alegría a todos a nuestro alrededor,
sería ridículo responder con miedo. Y por si fuera poco, la noticia no es
menor: es el anuncio del nacimiento del Salvador. ¿Existe alguien que esté
exento de necesitar algún tipo de salvación a lo largo de su vida? Una persona
en medio de un mar embravecido puede ver de cerca la muerte, y ahí comprendería
que necesita un salvador, mejor si se trata de ese a quien –no por casualidad- llamamos “salvavidas”. Lo mismo ocurre con
tantas personas en medio de cualquier catástrofe, ya sea natural o provocada
por el hombre, o en la peor pensable: la guerra. Hemos visto hasta la saciedad
personas que padecen un cáncer terminal. ¿No piden acaso salvación? Cada
enfermo clama con todas sus fuerzas por algo o alguien que lo salve. Si se
trata de un condenado a muerte por error en la justicia humana siendo inocente,
sucederá lo mismo. Conclusión: la salvación es una necesidad de la que nadie
está exento en ningún terreno de la vida, aunque hayamos nombrado muy pocos. Y
sabemos que tales situaciones no son cientos sino miles. Temerle a un salvador
es absurdo. Aceptarlo ya es un primer paso de respuesta. Es alzar al bebé y
responder a su abrazo inocente y desinteresado y decirle que sí, que es
imposible resistirnos a su amor, que lo queremos amar también.
Y si alguien
nos ofreciera guiarnos por un sendero de paz, ¿nos negaríamos por miedo? ¿No
anhelamos con todo nuestro ser tener paz interior, tenerla con quienes
convivimos y que esa paz reine en el mundo entero? No creo que haya una persona
cuerda que no la anhele. Los que en vez de proclamar paz promueven guerras en
nombre de la religión, son solo enfermos dignos de lástima, totalmente
oprimidos por el miedo y la inseguridad, ciegos, cautivos de su ignorancia y fanatismo
que no tienen la mínima noción de Dios, ni de nada lo que El significa: vida,
amor, paz, luz, dicha, descanso, y libertad.
El Niño Jesús
nace en Belén y ofrece esos dones de parte de Dios, y solo espera que aceptemos
recibirlos. Si alguien con una sonrisa radiante y confiable nos trae un regalo,
es obvio que no le diríamos: “No,
gracias, no quiero tu regalo, me da miedo, vete de aquí”. Tal respuesta
sería impensable de una persona en su sano juicio. Pues bien, entendamos de una
vez por todas que Jesucristo vino a salvar, no a condenar, vino a libertar, a
conducirnos a la paz y por sobre todo, a enseñarnos a amar. Fue el ejemplo
innegable del servicio. Servir es la demostración más clara e irrefutable de
amar.
¿No será que
tenemos miedo de amar?
El nacimiento
del Salvador es lo que el cristianismo celebra como Navidad, y es una buena
ocasión para preguntarnos con sinceridad por qué la rechazamos. Quizá la
interpretamos mal. Quizá creemos que la Biblia (de la cual procede) es un libro
de amenazas de un Dios castigador. En ninguno de los textos citados arriba se
habla de obligación, ritos, prohibición ni condena. Jesús hizo mucho énfasis en
que Su venida traería libertad, paz, seguridad y amor, especialmente en todo el
Evangelio según San Juan, que comienza diciendo, al cabo de pocas líneas, lo
siguiente:
“…
Él estaba con Dios en el principio. (…)
En él estaba la vida,
y la vida era la luz de la humanidad.
Esta luz resplandece
en las tinieblas,
y las tinieblas no han podido extinguirla.
y las tinieblas no han podido extinguirla.
(…) Esa
luz verdadera, la que alumbra a todo
ser humano, venía a este mundo.
El que era la luz ya estaba en el
mundo, y el mundo fue creado por medio de él, pero el mundo no lo reconoció.
Vino a lo que era
suyo, pero los suyos no lo recibieron”4.
1 - Lucas 1:78b-79
2 - Lucas 2:9-11
3 – O desde “las alturas”. Otras traducciones
bíblicas se refieren a: sol de un nuevo día, aurora, luz
matinal, amanecer. El concepto coincide siempre.
4 – Jn 1:2,
4-5, 9-10
5 - 1ª de Juan 4:8
Las cursivas para “luz”
son nuestras, con la sola intención de destacar reiteraciones y coincidencias




