domingo, 2 de marzo de 2014

Venezuela entre el cielo y la tierra



Cuando se piensa en un desierto, es común imaginarlo a pleno día, asociarlo con el sol inclemente y una inmensa extensión de arena que se pierde más allá del horizonte visible. El desierto hace pensar en un terreno de aspecto monótono bañado por la luz que hace que sus arenas resplandezcan y que su inmensidad parezca ilimitada. Si se tuviera que resumir el paisaje en un solo color, probablemente diríamos amarillo.
Sin embargo el desierto está sobre la tierra, y el espacio que la cubre es claramente diferenciable: hablamos del “cielo azul”.  Aunque el suelo desértico pueda mostrar variaciones que modifiquen el paisaje, el cielo siempre estará arriba, diferenciado pero presente, como una compañía permanente.
Y el cielo tiene también sus cambios y movimientos: el sol o la luna se van desplazando, nubes y estrellas aparecen o desaparecen, los crepúsculos regalan su primavera de colores. Y en tiempo de fecundidad las nubes estallan para prodigar la lluvia que riega la tierra y la hace prosperar. Sucede cuando el azul del cielo deja de ser azul para acercarse a la tierra como un novio que aproxima su boca a la mejilla de la novia para besarla. Y entonces ella ­–la tierra— ya no es más amarilla porque la sombra del cielo que la cubre la ha oscurecido. Al unir sus dos colores en una delicadísima cópula conciben las criaturas que llenarán el vacío de un tercer color: el verde.
Verde, el color de todo lo que va emergiendo de la tierra, de lo que nace lleno de brío para abrirse paso y colorearla. Las plantas germinan y sus brotes comienzan a exhibir el verde por todas partes; los tallos producen ramas, los árboles se llenan de hojas, diríase que toda la vegetación es como un despertar de la tierra. El verde con sus infinitos matices nace o se renueva, se extiende y multiplica a lo largo y ancho de la creación. La naturaleza obsequia su verdor a los campos que fructifican para la alegría del hombre, y éste se regocija en el cultivo que lo colma de esperanza.
La Venezuela sufriente está atravesando la mayor aridez que recuerde, en su desierto todo lo que pisa quema y lacera sus pies y ve que no puede seguir recorriéndolo en soledad. Pero es justamente ahora cuando, al igual que el cielo brindándose a la tierra para hacerse uno con ella y dar a luz el fruto de la espera, La Providencia se inclina para adentrarse en el intenso calor donde las pruebas más recias fraguan la fortaleza de los corazones humanos. Es allí, en ese desierto del abandono donde la sed devora y el miedo no da tregua, donde la tierra clama con su grito más hondo esperando que el cielo la oiga. Y entonces vemos los primeros brotes de la juventud emergente, aquí y allá, exigiendo que sus peticiones sean respondidas, que la vida sea digna para poder vivirla.
Es allí donde nace la esperanza, porque los golpes rudos en la carne inocente la hacen despertar. El desasosiego de una madre en la completa oscuridad la impele a encender una luz para alumbrarse a sí misma y a otros. El joven que dormía es inquietado por el rugido de la violencia cercana y decide levantarse y actuar. Son todos ellos brotes del verdor fresco que renovará la tierra castigada, el país extenuado que no se deja vencer. Son todos ellos, recién nacidos y fuertes, signos de esperanza.



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