Cuando se piensa en un desierto, es común
imaginarlo a pleno día, asociarlo con el sol inclemente y una inmensa extensión
de arena que se pierde más allá del horizonte visible. El desierto hace pensar
en un terreno de aspecto monótono bañado por la luz que hace que sus arenas
resplandezcan y que su inmensidad parezca ilimitada. Si se tuviera que resumir
el paisaje en un solo color, probablemente diríamos amarillo.
Sin embargo el desierto está sobre la tierra, y el
espacio que la cubre es claramente diferenciable: hablamos del “cielo
azul”. Aunque el suelo desértico pueda
mostrar variaciones que modifiquen el paisaje, el cielo siempre estará arriba,
diferenciado pero presente, como una compañía permanente.
Y el cielo tiene también sus cambios y movimientos:
el sol o la luna se van desplazando, nubes y estrellas aparecen o desaparecen,
los crepúsculos regalan su primavera de colores. Y en tiempo de fecundidad las
nubes estallan para prodigar la lluvia que riega la tierra y la hace prosperar.
Sucede cuando el azul del cielo deja de ser azul para acercarse a la tierra
como un novio que aproxima su boca a la mejilla de la novia para besarla. Y entonces
ella –la tierra— ya no es más amarilla porque la sombra del cielo que la cubre
la ha oscurecido. Al unir sus dos colores en una delicadísima cópula conciben
las criaturas que llenarán el vacío de un tercer color: el verde.
Verde, el color de todo lo que va emergiendo de la
tierra, de lo que nace lleno de brío para abrirse paso y colorearla. Las
plantas germinan y sus brotes comienzan a exhibir el verde por todas partes; los
tallos producen ramas, los árboles se llenan de hojas, diríase que toda la
vegetación es como un despertar de la tierra. El verde con sus infinitos
matices nace o se renueva, se extiende y multiplica a lo largo y ancho de la
creación. La naturaleza obsequia su verdor a los campos que fructifican para la
alegría del hombre, y éste se regocija en el cultivo que lo colma de esperanza.
La Venezuela sufriente está atravesando la mayor
aridez que recuerde, en su desierto todo lo que pisa quema y lacera sus pies y ve
que no puede seguir recorriéndolo en soledad. Pero es justamente ahora cuando,
al igual que el cielo brindándose a la tierra para hacerse uno con ella y dar a
luz el fruto de la espera, La Providencia se inclina para adentrarse en el
intenso calor donde las pruebas más recias fraguan la fortaleza de los
corazones humanos. Es allí, en ese desierto del abandono donde la sed devora y
el miedo no da tregua, donde la tierra clama con su grito más hondo esperando
que el cielo la oiga. Y entonces vemos los primeros brotes de la juventud
emergente, aquí y allá, exigiendo que sus peticiones sean respondidas, que la
vida sea digna para poder vivirla.
Es allí donde nace la esperanza, porque los golpes rudos
en la carne inocente la hacen despertar. El desasosiego de una madre en la
completa oscuridad la impele a encender una luz para alumbrarse a sí misma y a
otros. El joven que dormía es inquietado por el rugido de la violencia cercana
y decide levantarse y actuar. Son todos ellos brotes del verdor fresco que
renovará la tierra castigada, el país extenuado que no se deja vencer. Son
todos ellos, recién nacidos y fuertes, signos de esperanza.

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