Que la vida en esta tierra está
llena de paradojas, todos lo sabemos. Pero he aquí una interesante: en el
momento en que el progreso tecnológico nos ha llevado al mecanismo más veloz y
eficiente de comunicación que se pudiera imaginar, el ser humano se encuentra
más frustrado que nunca en su deseo de que lo escuchen. En efecto, en una red
inconmensurable por su tamaño y por su constante potencial de crecimiento, se
entretejen diariamente los mensajes de millones de personas de todo el globo,
pero en frente de cada pantalla que los “vincula”, se sienta un hombre o una
mujer que están tan solos como al nacer.
Los pobladores de
las grandes urbes nos vemos impelidos a luchar contra tiranos como la prisa, la
competencia y el consumismo impuesto, entre otros factores, por el dictado de
la la moda. Ese desgastante esfuerzo no deja espacio para el individuo, que se
hace a sí mismo a un lado para perderse dentro de la masa, y es así como llega
casi a olvidarse de que tiene su propia capacidad de expresarse.
Además no
encuentra quién quiera escuchar algo simple, desvinculado del trabajo, la
productividad y otros tantos asuntos que mantienen “seriamente” ocupadas las
mentes de los otros. Es esto lo que nos sugiere el enternecedor testimonio de
una lectora, que nos escribe haciéndose eco de la situación vivida por nuestro
jefe de redacción al fallecer su perro: algo que tal vez -pensó él- no era
importante para nadie excepto para él.
Nos sumergimos en
un torbellino de velocidad para perseguir objetivos como el dinero, el placer y
el poder, y en nuestra carrera desenfrenada dejamos atrás, sin darnos cuenta,
muchas de las oportunidades que la vida nos brinda de comunicarnos para lo más
sencillo y cotidiano de la vida. Pareciera que todos andamos demasiado ocupados
y apurados para hablar con nuestros semejantes o escucharlos (¿Recuerdan el
hombre de los números de El Principito ?). No logramos encontrar la combinación
de tiempo y lugar (excepto en vacaciones) para una comunicación descansada que
no tenga que ver con las exigencias de nuestros agobiantes perseguidores: el
trabajo, la rutina, la situación del país, etc., y más difícil aún es hallar,
para ese intercambio, un marco saludable de sosiego y edificación mutua.
“No es bueno que
el hombre esté solo” dijo Dios después de crear al primer hombre, y creó su compañera.
Todavía el hombre no ha superado esa necesidad, y desde aquí queremos estimular
a cada lector a que nos acompañe, y juntos insistamos en creer que la
comunicación todavía es posible.
Publicado en 1998 como editorial del periódico "HOY"
Publicado en 1998 como editorial del periódico "HOY"
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