Temerle al mito del fin
¿O ponerle fin al mito?
¿Qué elegiremos? Vivimos una época en la que la
veracidad de lo que se dice parece perder terreno ante la velocidad de los
mensajes transmitidos. No resulta extraño si consideramos que el contenido de
lo que se desea comunicar debe competir con la cantidad de información que se
ofrece, cantidad ésta inimaginable, en virtud de la velocidad actual de que
disponen los medios de difusión gracias a la tecnología, y de la gran
diversidad de los mismos. La cantidad de palabras sobreabunda, no así la
calidad de su contenido, o de los emisores, o de los medios transmisores.
Es muy poco lo que se puede retener y “procesar”
en medio de un diluvio constante y cotidiano de mensajes que pretenden en su
mayoría persuadirnos a adquirir algo, desde un producto o servicio hasta una
ideología. Estas condiciones son aprovechadas unas veces más sutilmente que
otras, para envolver a muchos crédulos en tupidísimas marañas que contienen una
mezcla de predicciones de algún famoso vidente de la antigüedad, información
meteorológica precisa, noticias sobre hechos bélicos recientes, y mucha
palabrería inconsistente teñida de visos “religiosos”. De todo ello las pobres
víctimas pueden sacar en claro algunas (más bien pocas) palabras conocidas:
profecía, fin del milenio (que les suena parecido a “fin del mundo”), y alguna
otra que se convierte en anzuelo para caer en manos de tantos inescrupulosos
que sólo desean engrosar las filas de sus adeptos y de paso, su peculio. Al desatarse una ola de temor por lo desconocido de lo que vendrá,
a menudo surge a la par una inclinación en las personas a reemplazar ese temor
por fe. Esta sería la buena parte de la historia, a no ser por el indeseable
resultado: debido a la desorientación, termina por ser una fe malgastada.
Quizás sea la fe la fuerza motriz más valiosa y poderosa que hay en el hombre,
que acompañada del amor puede lograr los más altos ideales. Pero ¿qué resulta
de ella cuando no se sabe a quién o qué dirigirla? Insisto en la desorientación
general, y para ilustrarlo veamos: la simple expectativa de un fenómeno celeste
como el eclipse próximo pasado puede convertirse en un disparador de reacciones
de alarma de las más variadas en toda la superficie del globo, y en un momento
así poco importa la diferencia entre las predicciones catastróficas de Paco
Rabanne y las profecías sobre el fin de los tiempos contenidas en algún libro
sagrado (por ejemplo, la Biblia) porque no hay tiempo de detenerse a determinar
cuál es la fuente más seria de información; pareciera que lo único que importa
es dejarse llevar por la ansiedad colectiva, sin razonar ni analizar, como
buscando acelerar los latidos de corazones que ya no encuentran sobre qué
emocionarse.
Hay tanto de entre lo cual escoger que no nos
alcanza el tiempo ni la capacidad mental: nos ofrecen moda, internet, ídolos de
la farándula, fórmulas infalibles para ser delgado, o potente, o feliz, o lo
que sea, para siempre... y éstas son sólo algunas muestras. Dentro del mercado
de tan atractivas falacias no faltan invitaciones a encauzar la fe por rumbos
inciertos, y a los que nos gusta ver cosechas de las siembras, no nos produce
otra cosa que lástima. Cuánta energía y buena disposición de potenciales
creyentes, desperdiciadas a merced de falsos profetas que suscitan el temor a
fin de obtener de ellos una fe barata y complaciente. Pero así como hay
personas deseosas de creer profunda y seriamente, las hay ansiosas de sólo
sentir. Ya lo decía San Pablo, refiriéndose proféticamente a estos tiempos:
“teniendo comezón de oír (...) apartarán de la verdad el oído y se volverán a
las fábulas” (2ª. Timoteo 4:3).
Tranquilicémonos. Sin dejarnos apabullar por las
ofertas incesantes que inundan el ambiente de nuestro diario vivir, tomemos un
tiempo a solas para preguntarnos sobre el sentido de nuestra existencia.
Nuestro Creador conoce muy bien el por qué y el para qué de cada una de sus
criaturas. ¿No sería más fácil y útil preguntarle a El qué es lo mejor que
podemos hacer con nuestra vida? Hagámoslo ahora, mientras el mundo todavía no
llegó a su fin.
“No os alarméis; porque es necesario que estas cosas acontezcan primero,
pero el fin no será inmediatamente” (San Lucas 21:9)
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