domingo, 5 de abril de 2009

El enemigo en la propia casa

Resulta interesante ver que con la designación de “calentamiento global” nos referimos a un fenómeno del que nos sentimos víctimas, sin tomar en cuenta que al mismo tiempo  somos los causantes.  Es así como nos presenta Santiago Kovadloff su visión de las catástrofes que azotan la tierra en su artículo "Los enemigos de la tierra". Pero también sería útil observar cómo esa función inductora del hombre sobre la naturaleza se cumple en otras situaciones destructivas, e intentar hallar una posible raíz común. Coincido con el autor en que hay algo más grave aún en esta conducta, que él, en una síntesis perfecta, ha llamado “irracionalismo criminal”. Es la ambigüedad de la actitud hacia lo que este fenómeno amenazador representa. El hombre sabe de él y no sabe, o así lo aparenta. No parece tener conciencia, desoye el mensaje, o simplemente juega a hacerse el tonto, por inútil que resulte, porque declararse conocedor lo obliga a un compromiso que prefiere eludir. De ahí esa ambigüedad, típica del ser humano inmaduro. Y revela doble inmadurez que al hombre no le importe a qué destino lo conducen sus actos de inconsciencia; que no prevea las consecuencias por estar demasiado enfrascado en la autosatisfacción que le brinda su presente. Ese ensimismamiento no le permite dar -ni siquiera por curiosidad- un vistazo por detrás de la cortina al panorama que se avecina, y mucho menos prepararse.
Queda expuesta una vez más la dicotomía entre el “saber” que otorga la ciencia, y ese otro saber que implica algo más que el mero conocimiento; que pretende indagar más allá, en honduras que dejan atrás lo conocido y conducen a un saber superior, solo alcanzable para quien persigue la sabiduría. La ciencia nos señala un camino y preferimos tomar el otro, más fácil, quizá porque la ceguera es menos responsable a la hora de los reclamos, o quizá porque la necedad que nos caracteriza no sería tal si no tuviese ese rasgo de obstinación. Renunciamos a lo importante seducidos por lo urgente; anteponemos lo placentero a lo duradero, traicionando nuestra innata necesidad de ser felices, porque se nos enseña a canjearla por la saciedad inmediata. Así, negarse a asumir la realidad omnipresente del trastorno climático mundial  es comportamiento necio por definición. Y si, unidos los componentes enumerados arriba en fatal combinación, se le agregan unas pinceladas con auxilio del diccionario, se obtiene un triste pero fiel retrato de la mentalidad cómplice  -y a la vez víctima– que se asusta de su imagen y no quiere reconocerse en ella.
Así, mientras perdure la raza humana se seguirán ensalzando los adelantos de la ciencia. Pero queda por verse si de algo sirve avanzar en ciencia si humanamente se involuciona. Nuestra realidad nos preguntará, en el último minuto del trayecto: “¿Recuerdas adónde te dirigías cuando partiste?”

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