Encanto, sí, y más de uno. Veamos:
Dominados y sin derecho a discusión por un idioma extranjero, sin que importe casi para nada el autóctono. Ahí surge el primer acto de sumisión: acostumbrarnos a la fuerza a decir blog, weblog, link, chat, login, tag, banner… y no diremos etcétera, sino más bien ad infinitum.
Ojos obligados a permanecer colocados sobre un rectángulo luminoso que exige constante e interminable lectura, incesante paseo por cientos de palabras, figuras y detalles; más lectura, más paseo visual, atención máxima, rapidez de reflejos, torso recto, vista y mente proyectadas en la pantalla, postura perjudicial para el cuello, entumecimiento del cuerpo por la inmovilidad.
Así, el artefacto se convierte en el depositario insustituible de al menos tres de nuestros sentidos físicos. Peor aún, ni siquiera el tacto participa de manera directa, porque nuestras manos y dedos quedan prolongados artificialmente por un instrumento con forma de ratón al que llamamos mouse y que produce una sensación de invalidez si uno llega a prescindir de él.
Comienza el espectáculo: danza de letras, números, colores y dibujos, “botones” que son rectángulos en los que hay que hacer clic. Hemos entrado en la “blogosfera”.
Pero ella es tan solo un ejemplo concreto de los innumerables espacios que ofrece esa realidad paralela a la que se ha denominado “virtual”, porque para muestra, dicen, basta un botón.
El mundo virtual compite con el real, natural, conocido, es decir, con lo que siempre había sido la tierra firme del cuerpo y la psique humanos. Pareciera que al calificarlo de virtual lo estuviésemos colocando en una categoría inferior, como quien compara la fotografía de una persona con la persona misma. Sin embargo, este ámbito incierto y escurridizo de lo virtual tiene límites un tanto difusos, sobre todo por su capacidad de atracción. Esa segunda realidad que se autoalimenta y crece en forma independiente de nuestra voluntad, que toma voz y presencia propias cuando se presenta ante los ojos, llega a actuar con una fuerza que ella misma nutre y embellece valiéndose el anzuelo de la interactividad. Es como si preguntara “¿Quieres más?” a la espera de un indefectible sí de parte de su subyugado espectador e interactuante, y a mayor satisfacción de éste, más atrevidos sus ofrecimientos: “¿Y ahora, qué más quieres que haga por ti?” Para desafiar la curiosidad, la tentación, las ansias de novedad del usuario, dispone de innumerables medios que simplifica al máximo en frases cortas e imperativas, todas con un solo significado: “¿Crees que no soy capaz de…?”. Presencia invisible pero existente que seduce, embelesa, atrapa, y ante su poder deja a su victima inerme: solo puede obedecer. Esta “realidad” virtual (evidente contrasentido) no arriesga nada y se atreve a todo. Cualquier red se fabrica –precisamente- con un solo fin: atrapar.
Pero ocurre que llegó el día en que el descomunal agujero negro, lleno y vacío a la vez, permitió la entrada a su fantástico interior. Como Alicia traspasando el espejo, cada individuo que así lo decide, sin restricciones de ningún tipo puede ingresar “al otro lado” desde donde emitirá lo que otros (y él mismo) verán, sentirán, oirán. Es el orador invisible que desde la blogosfera toma la palabra y se proyecta al mundo, también invisible, como una suerte de dios al que todo el planeta puede oír y ver en el mismo instante, porque de eso se trata la falacia cautivadora en la que ha caído. He ahí el protagonista: el “blogger”.
No importa cuan indefinido o discutible sea ese título, porque nada impide que la persona dueña de su “blog” (de uno o de cuantos quiera) pueda entrar en acción inmediatamente. En su escenario despliega una especie de reality show pero por escrito, aunque no exento de la posibilidad de mostrar imágenes, sonidos y animación reales. Y nosotros, totalmente indefensos, convocados por la seducción imposible de rechazar, caemos junto con el blogger: somos los devotos coprotagonistas. Actor y público se fusionan. Solo es necesario ese equipo electrónico que recibe distintos nombres según su tamaño, y claro, el elemento infaltable: la conexión a la Red. Conectarse es como invocar en oración pagana a ese plano divinizado que nos atenderá inmediatamente, sin lugar a dudas, sin que medie adhesión religiosa ni sacrificio algunos, aunque sí cierto ritual. En forma automática, una vez conectados, comienza la experiencia: mucho de encanto, nada de discreción.
Una profusión de imágenes satura la visión y aturde los oídos mentales, ésos que no alcanzan a seguir el ritmo con que la vista recorre las interminables señales. Ellas no solo brillan y se mueven: pueden deslizarse, titilar, saltar, aparecer y desaparecer en forma intermitente, agrandarse, transformarse. ¿Dónde detenerse a leer? O mejor ¿Qué leer y qué ignorar? El blogger se ve en la necesidad de destacar el contenido de lo que pretende decir, o de lo contrario sus ideas serán agujas en un pajar. ¿Cómo lograrlo en medio de señales rutilantes, constantes, que entre un parpadear y otro se entrometen y llaman la atención del lector con ese mismo fin, destacarse? Ya estamos sumergidos. La llamada “página” se vuelve algo parecido al país de las diversiones de Pinocho: todo está permitido, mejor probarlo todo antes de que el hechizo termine. Con cierta resignación, el blogger concluye que deberá diseñar un espacio de aspecto casi monacal para que sus lectores no se distraigan y dirijan su atención a lo que ha escrito. Lucha denodada, negociar con la indiscreción y seguir las consignas de la blogosfera, porque ella le dice “tómalo o déjalo” y es quien manda. Intentando llegar a su público, acepta las condiciones. No había tal tiranía en el papel impreso, pero se impuso la época con su encanto. Y venció.

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