Una mujer postrada; su existencia, anclada en un momento de
su juventud en el que se detuvieron sus pensamientos, su sonrisa, su voz y sus
manos, pero no su vida. Al parecer, el resto de sus congéneres no se lo podía
perdonar. Nadie la consideraba una persona, solo alguien "en estado
vegetativo" que vivía gracias a mecanismos de asistencia artificial. Nadie
tampoco se preguntó si tenía dignidad o sentimientos; apenas se le concedió
conservar su nombre de pila para poder identificarla cada vez que se seguía su
historia en los medios. Después de todo, no se trataba de una vida humana: para
la prensa era solo un titular; para los archivos un número de expediente; un
"caso" tanto para médicos como para abogados.
Esa mujer
(entiéndase ser humano, persona, hija de un padre y una madre, y dueña de un
corazón que aún latía y un espíritu que no había abandonado su cuerpo) yacía en
su cama de hospital mientras los legisladores debatían "su caso".
Protestas, manifestaciones en contra y a favor, deliberaciones en el senado,
opiniones de los jueces de turno, familia contra desconocidos, historia de
dominio público, antecedentes parecidos para compararla, encuestas, un país
entero que se divide, y quién sabe cuántas consecuencias más habrá desatado su
infeliz destino desde aquella habitación.
Cuánto
entrometimiento, sin límite ni consideración alguna, en la vida de la que nadie
es dueño, pero de la que todos se sintieron con derecho a decir algo. Mientras
tanto, ella, la durmiente y siempre joven Eluana, con su mente y voluntad
ajenas a todo cuanto ocurría, no tuvo otra opción que prestarse a la
manipulación de otras voluntades ávidas, no pudiendo impedir que otros
decidieran el día y la hora en que terminaría, al mismo tiempo que su vida, el
revuelo que ella sin saberlo ni quererlo había ocasionado, por el solo hecho de
ser víctima de un desgraciado accidente.
A los
"justicieros", esos que necesitaban demostrar quién ganaba la
contienda, no les bastó con que Eluana entregara su juventud y sus sueños al
vacío de la inmovilidad forzosa, de un lecho frío y silencioso donde, para los
demás, ella solamente existía. No, ellos iban por más: no descansaron hasta que
ella les entregó lo único que le quedaba: su cuerpo, y así la hicieron mártir.
Pero éste, agonizante, no les pidió permiso para despojarse del alma que lo
revestía. Esa alma tuvo la suficiente altura para retirarse de la escena antes
que alguno de los que se disputaban la presa se pronunciase ganador. Cabría
preguntarse quién de ellos podrá mirar al cielo estrellado, y respirar profundo
con aire de satisfacción, sintiendo que triunfó.
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