Desde un noticiero
televisivo, mientras se comentaba sobre las protestas de la población por los
recientes y continuos cortes de electricidad, me golpeó en los oídos una frase
del Jefe de Gabinete, Alberto Fernández, para la que no pude encontrar un
calificativo adecuado. Por supuesto, en mi fuero interno desfilaron unas
cuantas palabras peyorativas, pero para ponerlo por escrito tenía que pensar en
alguna palabra que pudiera describir la inmadurez tanto política como humana de
su autor, y sumara además algunos matices que reflejaran mi indignación en
forma decente. La memorable frase, justificando los cortes en el suministro de
energía, fue: "Los argentinos somos víctimas de nuestro propio
éxito" (sic). En una fracción de
segundo sentí en mi cabeza el efecto combinado de impresiones negativas que
sería difícil sintetizar, porque para empezar, ni siquiera de un colegial al
que hubieran encuestado por la calle sobre el asunto cabría esperar semejante
razonamiento. En fin, pensé que tendría que recurrir al diccionario de
sinónimos e ideas afines para encontrar un adjetivo que explicara por sí solo
todo lo insensato, miope, limitado, despreciativo e irrespetuoso de la
declaración del funcionario. Pero después pensé que un individuo que, siendo
político (o creyendo serlo) tiene la osadía de hacer un ridículo semejante, no
merecía que me molestara en utilizar mi precioso tiempo para buscarle un
calificativo ajustado, ni a él ni a su insultante “justificación” pública.
Mientras en esto cavilaba, a los pocos segundos, en otro noticiero,
entrevistaron a una joven discapacitada que explicaba que necesitaba de un
aparato de oxígeno para poder sobrevivir. Fue entonces que decidí que en lugar
de gastar mi energía y pensamientos en criticar al Jefe de Gabinete y su
infeliz frase, prefería preguntarle por este medio -y quizá algún lector lo
ayude a contestar, o a mí a entender– a qué clase de éxito se referiría si lo
pusiéramos frente a aquella joven, y de qué admirable manera le podría explicar
a ella eso de ser “víctimas del éxito económico”. Me imagino la escena, y daría
cualquier cosa por escuchar a Alberto Fernández repitiendo su insigne frase a
ancianos en pisos altos de edificios impedidos de usar el ascensor, a madres de
bebés que tienen que tirar por la cañería la leche echada a perder, a enfermos
graves que para no morirse dependen de toda la aparatología tecnológica que la
medicina provee, y a cientos de comerciantes de productos como pescado, carne,
y tantos otros alimentos y hasta medicamentos que deben resignarse al “éxito
económico” de perder su producción por el simple hecho de ser argentinos. Si
usted quiere, señor Jefe de Gabinete, dejemos en suspenso la propuesta hasta
que comiencen las muertes a raíz de los cortes de electricidad. Entonces, para
oír alguna otra ocurrencia suya como la que hizo pública últimamente, le
aseguro que pagaré asiento en primera fila.
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