El fenómeno de la maternidad nunca deja de fascinar y sorprender. Para una mujer, convertirse en madre conlleva enormes cambios en los más diversos aspectos de sus ser: en lo físico, ya desde el embarazo se produce una completa revolución en su organismo que no la puede dejar indiferente.
En lo afectivo, la maternidad ofrece a la mujer
una especie de repentina entrada en otra dimensión del amor que hasta ahora no
conocía: ésa del dar por el hecho mismo de dar, sin esperar retribución. El dar al hijo abarca múltiples formas: es
dádiva, deber, compromiso, fidelidad; pero más allá aún, completa y supera
todas aquellas facetas porque se transforma en darse, y el amor se hace entrega, renuncia,
sacrificio. Aparecen,
por ejemplo, innumerables situaciones que implican alguna forma de espera,
varias de las cuales se repiten interminablemente, permitiendo un desarrollo
obligatorio e intensivo de la paciencia, virtud esencial en la crianza de los hijos.
En lo intelectual,
el ejercicio cotidiano de la función maternal impone un aprendizaje continuo, que no terminará nunca
mientras la mujer se mantenga sensible a las demandas de dicha función a lo
largo de las diferentes etapas que atraviesan sus hijos.
Para quien no la
ha vivido aún, la maternidad es un anhelo que suscita una mezcla de curiosidad
y feliz expectativa. Para la mujer que ya es madre, el hecho de serlo la hace
crecer interiormente, porque independientemente de su voluntad, su alma se
nutre a diario de un sinnúmero de experiencias a las que no tendría acceso de
otra manera. Se madura, se avanza, se aprende, y se adquiere una dignidad
diferente, especial y única.
La mujer que se
realiza como madre llega a conocer lo profundo y a la vez lo extenso de una
realidad personal muy íntima y auténtica. Dichosas las que lo pueden
experimentar. Como alguien dijo acerca de la felicidad, podríamos decir que
también la maternidad “no es un destino sino un trayecto”. Se hace camino al
andar. EL hombre que es padre tiene el privilegio de acompañar esa vivencia
inexplicable que, paradójicamente, más enriquece al ser humano mientras más se
despoja éste de sí mismo para darse entera e incondicionalmente; es, entonces
–parafraseando a R. Tagore- amor convertido en servicio, servicio convertido en
alegría. He ahí la clave; ya lo dijo el Maestro: “el que busca, halla”.

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