domingo, 1 de octubre de 2000

Madre: el ser humano como ofrenda


El fenómeno de la maternidad nunca deja de fascinar y sorprender. Para una mujer, convertirse en madre conlleva enormes cambios en los más diversos aspectos de sus ser: en lo físico, ya desde el embarazo se produce una completa revolución en su organismo que no la puede dejar indiferente.
En lo afectivo, la maternidad ofrece a la mujer una especie de repentina entrada en otra dimensión del amor que hasta ahora no conocía: ésa del dar por el hecho mismo de dar, sin esperar retribución. El dar al hijo abarca múltiples formas: es dádiva, deber, compromiso, fidelidad; pero más allá aún, completa y supera todas aquellas facetas porque se transforma en darse, y el amor se hace entrega, renuncia, sacrificio. Aparecen, por ejemplo, innumerables situaciones que implican alguna forma de espera, varias de las cuales se repiten interminablemente, permitiendo un desarrollo obligatorio e intensivo de la paciencia, virtud esencial en la crianza de los hijos.

En lo intelectual, el ejercicio cotidiano de la función maternal impone un aprendizaje continuo, que no terminará nunca mientras la mujer se mantenga sensible a las demandas de dicha función a lo largo de las diferentes etapas que atraviesan sus hijos.

Para quien no la ha vivido aún, la maternidad es un anhelo que suscita una mezcla de curiosidad y feliz expectativa. Para la mujer que ya es madre, el hecho de serlo la hace crecer interiormente, porque independientemente de su voluntad, su alma se nutre a diario de un sinnúmero de experiencias a las que no tendría acceso de otra manera. Se madura, se avanza, se aprende, y se adquiere una dignidad diferente, especial y única.

La mujer que se realiza como madre llega a conocer lo profundo y a la vez lo extenso de una realidad personal muy íntima y auténtica. Dichosas las que lo pueden experimentar. Como alguien dijo acerca de la felicidad, podríamos decir que también la maternidad “no es un destino sino un trayecto”. Se hace camino al andar. EL hombre que es padre tiene el privilegio de acompañar esa vivencia inexplicable que, paradójicamente, más enriquece al ser humano mientras más se despoja éste de sí mismo para darse entera e incondicionalmente; es, entonces –parafraseando a R. Tagore- amor convertido en servicio, servicio convertido en alegría. He ahí la clave; ya lo dijo el Maestro: “el que busca, halla”.










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