Vemos cómo la violencia se cuela por cada
resquicio a nuestro alrededor, pero al rencor y al hambre de venganza que la
instigan podemos contraponerles el amor y el perdón.
Encontramos discordia a
la vuelta de cada esquina, y hay la que si nos descuidamos se transforma en
guerra: elijamos la reconciliación y la paz.
Los modelos de relaciones
interpersonales que nos proponen los medios de comunicación masiva son de
desintegración y ruptura; los límites entre lo correcto, lícito y sano, por un
lado, y lo irregular y a veces hasta inmoral (aceptado actualmente como normal)
se han desvanecido, y solo queda una variedad permitida bastante confusa. Pero
nosotros no dejaremos de insistir en apoyar la unión de las personas mediante
lazos constructivos y la familia como núcleo primordial para la preservación de
una sociedad sana. Es en la familia donde el ser humano se puede nutrir de esos
valores que le permitirán hacer frente, como armas, a la batalla cotidiana que
debe librar con un mundo arruinado por los antivalores que definen su decadencia.
Frente a la incomprensión
hacia nuestros semejantes que genera desprecio, marginación y exclusión,
optamos por la tolerancia, la consideración y el respeto por cada persona,
raza, ideología o nacionalidad, con el propósito de fomentar la equidad y la
justicia, que serán el único medio a nuestro alcance para vencer esa tendencia
tan humana al separatismo y la segregación. Éstos, a su vez, son el caldo de
cultivo del fanatismo del que nacen muchas guerras.
Reivindicamos la
responsabilidad contra la negligencia y la evasión; la diligencia en lugar de
la desidia; el compañerismo y la solidaridad en remplazo del individualismo
egoísta; la veracidad y la transparencia como alternativas al engaño y el
fraude.
La sociedad actual nos
invita a abalanzarnos en frenética carrera en pos del éxito, para lo cual las
consignas son competir –lo más ferozmente que se pueda– y ganar.
Sin embargo, en vez de buscar un triunfo que implique aplastar a un
contrincante para saborear una victoria que es tan solo la derrota de otro ser
humano, abogamos por el crecimiento sostenido de cada persona con miras a la
superación personal. El modelo de “éxito” que se nos ofrece consiste en
riqueza, poder y fama, con la opulencia y la ostentación como sus signos
exteriores más evidentes. Pero preferimos la riqueza invisible como antimodelo:
ésa que solo conoce quien “hace tesoro en el cielo” como aconsejaba Jesús.
¿Y de qué llena su tesoro
el hombre común de nuestra época? Acumula lo material o los medios para
conseguirlo. Persigue la productividad como el máximo ideal, sumergiéndose en
la corriente de cambio continuo y vertiginoso que impone tal tarea en la vida
del ciudadano moderno. Prefiere ese gran esfuerzo, a lograr dentro de sí mismo
una estabilidad sosegada y duradera, ya que ingenuamente cree que dicho estado
lo obtendrá mediante ese ritmo agotador de cambio para el que, además, no hay
otro descanso que el espejismo del placer y la diversión a ultranza. Pero éstos
son solo una fuente relativa de alivio que no se puede comparar con la
verdadera satisfacción interior, aquélla que produce alegría y paz.
Busquemos la sabiduría
que nos permita sustituir lo ordinario, insustancial y efímero de esta vida por
lo trascendente, profundo y eterno, y hagamos de ello ese tesoro en el cielo “donde
ni la polilla ni el orín corrompen, y donde los ladrones no minan ni hurtan.
Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” 1.
1 Evang. según San Mateo 6:20,21
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