viernes, 27 de octubre de 2000

Si el bien prevalece, probemos con la esperanza




Nos topamos por doquier con gente cansada -a veces harta- de sufrir en medio de la más total impotencia, los embates de una especie de enjambre de muchos males simultáneos que los rodean como individuos o como comunidad. Son todos ellos muy conocidos para todos nosotros: desempleo, inutilidad de los organismos encargados de hacer justicia, corrupción generalizada, etc. Es por ello que desde estas páginas deseamos proponer nuevamente los valores de siempre, a manera de recordatorio, si se quiere de aliciente, para atacar el cansancio moral –que amenaza con invadir, desde el corazón, todo el ser de tantas personas–con el antídoto de una actitud constructiva, que algunos podrán denominar esperanza, otros perseverancia, pero que sin importar el nombre que cada uno le dé, todos pueden aportar desde su posición individual.
 Vemos cómo la violencia se cuela por cada resquicio a nuestro alrededor, pero al rencor y al hambre de venganza que la instigan podemos contraponerles el amor y el perdón.

Encontramos discordia a la vuelta de cada esquina, y hay la que si nos descuidamos se transforma en guerra: elijamos la reconciliación y la paz.

Los modelos de relaciones interpersonales que nos proponen los medios de comunicación masiva son de desintegración y ruptura; los límites entre lo correcto, lícito y sano, por un lado, y lo irregular y a veces hasta inmoral (aceptado actualmente como normal) se han desvanecido, y solo queda una variedad permitida bastante confusa. Pero nosotros no dejaremos de insistir en apoyar la unión de las personas mediante lazos constructivos y la familia como núcleo primordial para la preservación de una sociedad sana. Es en la familia donde el ser humano se puede nutrir de esos valores que le permitirán hacer frente, como armas, a la batalla cotidiana que debe librar con un mundo arruinado por los antivalores que definen su decadencia.

Frente a la incomprensión hacia nuestros semejantes que genera desprecio, marginación y exclusión, optamos por la tolerancia, la consideración y el respeto por cada persona, raza, ideología o nacionalidad, con el propósito de fomentar la equidad y la justicia, que serán el único medio a nuestro alcance para vencer esa tendencia tan humana al separatismo y la segregación. Éstos, a su vez, son el caldo de cultivo del fanatismo del que nacen muchas guerras.

Reivindicamos la responsabilidad contra la negligencia y la evasión; la diligencia en lugar de la desidia; el compañerismo y la solidaridad en remplazo del individualismo egoísta; la veracidad y la transparencia como alternativas al engaño y el fraude.

La sociedad actual nos invita a abalanzarnos en frenética carrera en pos del éxito, para lo cual las consignas son competir ­–lo más ferozmente que se pueda­­– y ganar. Sin embargo, en vez de buscar un triunfo que implique aplastar a un contrincante para saborear una victoria que es tan solo la derrota de otro ser humano, abogamos por el crecimiento sostenido de cada persona con miras a la superación personal. El modelo de “éxito” que se nos ofrece consiste en riqueza, poder y fama, con la opulencia y la ostentación como sus signos exteriores más evidentes. Pero preferimos la riqueza invisible como antimodelo: ésa que solo conoce quien “hace tesoro en el cielo” como aconsejaba Jesús.

¿Y de qué llena su tesoro el hombre común de nuestra época? Acumula lo material o los medios para conseguirlo. Persigue la productividad como el máximo ideal, sumergiéndose en la corriente de cambio continuo y vertiginoso que impone tal tarea en la vida del ciudadano moderno. Prefiere ese gran esfuerzo, a lograr dentro de sí mismo una estabilidad sosegada y duradera, ya que ingenuamente cree que dicho estado lo obtendrá mediante ese ritmo agotador de cambio para el que, además, no hay otro descanso que el espejismo del placer y la diversión a ultranza. Pero éstos son solo una fuente relativa de alivio que no se puede comparar con la verdadera satisfacción interior, aquélla que produce alegría y paz.

Busquemos la sabiduría que nos permita sustituir lo ordinario, insustancial y efímero de esta vida por lo trascendente, profundo y eterno, y hagamos de ello ese tesoro en el cielo “donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde los ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” 1.

1 Evang. según San Mateo 6:20,21

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