Con
motivo de celebrarse el pasado 23 de abril el “Día del Idioma” nos pareció
oportuno indagar en los medios gráficos de nuestro país acerca de la
importancia de esta celebración. Para nuestra triste sorpresa, fue escasísima
–o nula, en la mayoría de los casos– la alusión a dicho día, que a nuestro
juicio podría haberse utilizado como una perfecta ocasión para darle a nuestro
maltratado idioma español un poco de la atención que le debemos.
El
idioma español, que es la segunda lengua más importante del mundo, la tercera
más hablada con 400 millones de hablantes nativos, que tiene más de un milenio de historia, y
que ha sido enaltecido por la pluma insigne de maestros de la palabra escrita que
han dejado una huella imborrable en la cultura del mundo entero, ¿acaso no
merece que lo dignifiquemos con una consideración especial, recordando su
importancia al menos un día al año?
Lo
que significa, lo que vale, lo que aporta a la vida humana el buen empleo de un
idioma es un tema que las limitaciones de este espacio impiden desarrollar. En
el caso del castellano, idioma que tenemos el gran privilegio de poseer y usar
los hispanohablantes, es lamentable ver cómo se lo atropella y se lo margina en
pos de una adaptación obligada al vertiginoso avance de la tecnología moderna,
que impone el inglés como lengua habitual de comunicación. La publicidad inunda
de vocablos ingleses todos los medios auditivos y visuales a su alcance; en
materias como el deporte, la economía o la informática, entre otras, con las
que ya nos han obligado a acostumbrarnos a una anglicada terminología técnica, a
veces se cometen excesos al incorporar palabras inglesas para denominar lo que tiene
su perfecto nombre en español. Y por si esto fuera poco, la televisión, que
pareciera ser la villana en esta enumeración, tampoco ayuda mucho a la preservación
de la pureza idiomática: a las deficientes (a veces infames) traducciones de
las películas podemos sumar las incorrecciones (gramaticales, léxicas o de
dicción) en que incurren reporteros y locutores en los noticieros que
consumimos a diario, y la exagerada libertad de los conductores de programas en
vivo al expresarse frente a las cámaras, todo lo cual viene a nuestra mesa
aderezado con el bombardeo publicitario,
el cual muchas veces pareciera poseer un lenguaje propio, que no se atiene a
ninguna norma. ¡Ah, y no olvidemos a la
más seductora de las formas de comunicación actual, la insoslayable Internet!
Para la red de redes no alcanzarían los calificativos –si nos quisiéramos
referir al lenguaje que en ella se usa– y no precisamente elogioso
Perpetuar
la fuerza, amplitud y belleza de nuestro idioma debería ser una tarea de cada
uno de los que componemos esta numerosísima población que ostenta con orgullo
la llamada “lengua de Cervantes”. Amarlo es defenderlo y permitir que sobreviva
a tantos desmanes con nuestro empeño en utilizarlo correctamente. “Hago
hincapié, por consiguiente, en la importancia de respetar la lengua”. Con esta
acertada afirmación nos estimula Emilio Bernal Labrada, de la Academia
Norteamericana de la Lengua Española, a llevar a cabo este cometido. Y
concluye: “La lengua es como nuestra madre, pues nos ha dado la comunicación de
que disfrutamos, la cultura, la idiosincrasia, la misma esencia de lo que somos
como pueblo y como raza, en el sentido más amplio de la palabra. Y esa
esencia merece nuestro respeto, como se
lo da a su progenitora todo ser humano sensible y agradecido”. El mensaje es
completo y claro: solo falta que lo asumamos como una realidad cotidiana.

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