El aspecto del escenario: humo,
polvareda, cenizas. Residuos irreconocibles de cualquier cosa imaginable
mezclados con los escombros. Los que ocupan el escenario: ojalá hubieran sido
actores. Pero esta vez no se trata de una representación sino de una atroz
masacre, totalmente real. El lugar del siniestro cita por igual a vivos y a
muertos. Aquéllos, con rostros lúgubres y llenos de espanto, caminan en medio
de los destrozos respirando la desolación en cada centímetro cúbico de aire.
Una ciudad imponente convertida en un
cuadro de tragedia. La gran nube de humo eclipsa la luz del día ensombreciendo
aún más la apariencia de la zona en ruinas. Y nada ni nadie puede ocultar a la
gran protagonista, la Muerte.
Se habla de pérdidas, se explican y
cuantifican permanentemente, porque como es natural, no puede haber otro saldo
de los atentados sufridos por Estados Unidos el 11 de septiembre pasado. Y sin
embargo, la mente aberrada de los homicidas-suicidas que perpetraron el criminal
ataque que causó pérdidas incalculables para una nación y para el mundo entero,
quizá no albergara tanta vileza y depravación, si se compara al maquiavélico
aparato negociador que otros (los terroristas sutiles y silenciosos de la
tecnología) tienen en lugar de cerebro. Porque en la especie de jungla absurda
que es este mundo también existen seres nefastos, capaces no sólo de concebir
sino también de crear algún medio de lucrarse con el funesto episodio. Mientras
los noticieros comentaban las pérdidas, ellos -los mercaderes de la gran Red–
pensaban en ganancia: fotos de las Torres Gemelas convertidas en
"souvenir" de una catástrofe, imágenes dantescas convertidas en
terrenos para juegos virtuales, rumores apocalípticos en busca de oídos
desprevenidos dispuestos a pagar. En pocas horas, antes de que la mayoría
pudiera asimilar el terrible suceso, en las pantallas hogareñas ya se asistía,
por Internet, a la subasta del horror.
Y entonces cualquiera, hasta el más
ciego o insensible, comprende que la devastación no ha sido sólo material.
Mientras por el aire desfilan las sustancias y olores de la descomposición de
los cuerpos, aquel otro aire, tierra invisible donde se siembran y se cosechan
los valores eternos, también refleja el oscurecimiento de la descomposición
moral –no menos contaminante– que afecta a todos por igual. Y es ahí donde todos quedan hermanados en el mismo
duelo, y los estragos emocionales causados por el ataque pesan más que los
físicos. Donde las almas dolientes no entienden de cifras ni de denominaciones
políticas, étnicas o religiosas. Porque miles de hombres y mujeres presas del
desconcierto y la impotencia, seres humanos, simplemente, sin distinción de
raza, credo, edad o posición social, pudieron saborear por igual la amargura de
la injusticia.
Hubo otras víctimas, además, que no
tenían los cuerpos calcinados ni sumaban números a la lista oficial: niños muy
pequeños que en su total indefensión e ignorancia seguían jugando ajenos a la
ruindad humana provocadora de aquella infamia, aquellos que quedaron en las
guarderías a la espera de que los fueran a retirar.
Una mañana cualquiera el destino nos
sacaba del letargo habitual: al desplomarse las
estructuras físicas que asombraban al mundo por una solidez que
desafiaba las máximas alturas, veíamos desmoronarse igualmente castillos
imaginarios formados con conceptos, ideas, mitos sobre la
"omnipotencia" humana, y ambas construcciones ofrecían el mismo
espectáculo a la mirada atónita: el derrumbe fácil, veloz, terrible, como los castillos
de arena que los niños construyen en la playa. La correspondencia es
significativa: el supremo poderío económico y financiero que digita el
funcionamiento del mundo entero condensado, simbólicamente, en una
representación física de enormes proporciones; el monumento que la
autosuficiencia humana (ésa que llaman "poder") se erigió a sí misma,
en su afán de demostrar su condición de "invencible". Y allí cayeron,
simultáneamente, monumento y prepotencia, demostrando ser tan frágiles el uno como
la otra.
El paisaje quedó, entonces,
violentamente despojado de su principal figura emblemática, pero pareciera
haber quedado en su lugar un sinnúmero de sorpresas. Muy oportuna y patéticamente ilustradora aparece
entre loa temblorosos cimientos una figura singular: diríase un símbolo (no
totalmente deshecho, como caprichosamente autorrescatado de entre la
destrucción general) de la estabilidad y eficiencia que se creían hasta ahora
inmortales. Se trata de la
estatua de bronce de un hombre de negocios con un maletín. Emblema de lo que hasta hacía unas horas era para muchos organización, eficacia, seguridad, el ingenio al servicio del progreso. Allí continuaba, como queriendo perpetuar aquellos valores incuestionados ante la mirada del mundo, pero quedó reducida, en cambio, a una casi risible caricatura de todo ello mimetizada en el gris de los detritos, convertida en lápida polvorienta de su propia imagen, sin más epitafio que la lástima que inspira.
estatua de bronce de un hombre de negocios con un maletín. Emblema de lo que hasta hacía unas horas era para muchos organización, eficacia, seguridad, el ingenio al servicio del progreso. Allí continuaba, como queriendo perpetuar aquellos valores incuestionados ante la mirada del mundo, pero quedó reducida, en cambio, a una casi risible caricatura de todo ello mimetizada en el gris de los detritos, convertida en lápida polvorienta de su propia imagen, sin más epitafio que la lástima que inspira.
Cuando los ojos se cansan de leer en las
crónicas del horror las mismas palabras repetidas hasta la saciedad:
destrucción, terror, desastre, guerra, víctimas, dolor... ya no debería ser
necesario seguir insistiendo en grabar en nuestra mente tantos términos,
siempre iguales (como para continuar escarbando dentro de la llaga) que nunca
intensificarán suficientemente el dramatismo de los hechos, ni la magnitud del
duelo de unos y la sed de venganza de otros. No hace falta decir tanto, sino
meditar, sentir, comprender, compadecerse. Si la mirada se extendiese más allá
del análisis teórico de lo sucedido para sobrevolar la escena de la catástrofe
buscando una perspectiva más alta, la óptica sería diferente. Entonces, así
como desde un satélite un sector de una ciudad sería sólo una minúscula porción
de superficie visible, el cuadro contemplado desde otra dimensión: desde lo
alto –y a la vez lo más profundo– de nuestra conciencia, parecería algo así
como el tablero de un juego macabro donde las piezas son hombres que, como
animales enceguecidos y feroces, se destruyen mutuamente en una suerte de
locura frenética y perversa.
El máximo ejemplo de arrogancia, ahora
desafiado, fue obligado a bajar sus banderas, como una señal exterior, pero
nunca estuvo dispuesto a humillarse o aprender una lección. Porque la
consternación general no basta. Los ánimos perturbados y el pánico frente al
futuro, las pérdidas humanas y los riesgos de males aún mayores (no sólo para
un país sino para toda la humanidad) no parecen ser suficientes. Porque cuando
la sinrazón despliega su parafernalia mortal no parece haber nada ni nadie que
la detenga.
Aquella reina malvada del cuento de
hadas preguntaba una y otra vez al espejo si ella era la más hermosa. No
soportaba una respuesta negativa. La superioridad ilusoria se miró en su
espejo, y encontró las cenizas de la certeza absoluta; las ruinas de la mayor
falacia: la egolatría. Y la palabra invencible no se podía leer: las letras
estaban al revés.



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