Una
sabia frase inspiró a los iniciadores de la Fundación Corazones de América:
“Más vale encender una vela que maldecir la oscuridad”. Impacta por tan alto y
profundo contenido encerrado en la máxima sencillez. Es una frase tan certera
como diáfana. Sin embargo, lo más probable es que resulte a los oídos como un
agraciado grupo de palabras que cae en ellos de la misma forma que una gota de
agua cae en el suelo. A los pocos minutos se seca por la acción del aire o del
calor. Pero con un esfuerzo consciente, se pueden sintonizar los oídos
interiores en una frecuencia más alta y captar su clarísimo mensaje. Sería
entonces más que una recomendación. El corazón sensible, conmovido por esa
poderosa verdad, lo tomaría como un mandato personal y un camino ineludible.
Cada
acto de vandalismo contra una escuela pública (para dar sólo un ejemplo) es una
manera de maldecir la oscuridad. La cruel situación que enfrenta el sector más
desvalido de la población de nuestro país es el sinónimo claro de una densa
oscuridad, la de un túnel que parece no acabar nunca.
Como
el ejemplo que hemos citado, todos los días encontramos muchos, que no son otra
cosa que las distintas maneras en que la insatisfacción y la impotencia
maldicen la oscuridad: se manifiestan mediante actos despiadados de odio
irracional contra los mismos compañeros de sufrimiento, lo que los hace aún más
incomprensibles. Pero a nadie estimula ni edifica una enumeración de tales
ejemplos. Sí tiene sentido, en cambio, emplear la tinta y el espacio que aquí
ocupamos en nombrar muestras de lo contrario: aquellos individuos o grupos que
encuentran la manera de encender una luz. Si todos los imitáramos –y me
refiero a cada uno de nosotros, los que a diario nos quejamos inútilmente–,
pronto la oscuridad desaparecería. El pasajero del taxi que encontró una
billetera con 1300 pesos y se molestó en contactar a su dueña para
devolvérselos, supo encender una luz. Los médicos de un hospital público –a
quienes un noticiero apodó “ángeles de blanco”– que decidieron unirse para
ofrecer con sus propios recursos el desayuno a los pacientes, encendieron otra
luz. Afortunadamente, este espacio no alcanza para mencionar ni una mínima
porción de la multitud que todos los días hace algo por la Argentina sufriente.
Ejército de valientes, capitaneado por la voluntad de no claudicar ante una
oscuridad que parece interminable, pero que no lo es. La tierra continúa
girando sobre su eje, y mientras la luz exista, tenemos una obligación moral:
la de no conformarnos con un país en penumbra.
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