A raíz de la inauguración de la Cumbre de la Tierra en Johannesburgo tuvimos la oportunidad de conocer las palabras del presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki, quien apuntó a un concepto fundamental, tan oportuno como ineludible dentro de la temática a tratar en la cumbre: la solidaridad. De su discurso destila el clamor universal –en él personificado, para la ocasión– por esa virtud desplazada, siempre postergada, que el hombre conoce no de haberla aprendido, sino porque la trae consigo al nacer. Porque “la inclinación a sentirse unido a sus semejantes y a la cooperación con ellos” –según la define el diccionario– es una característica que si aun en los animales la vemos con frecuencia, resulta vano discutir que es inherente al ser humano. Negarlo sería como negar que el hombre nace con la capacidad de amar. Porque de eso se trata la solidaridad: va más allá de la simple consideración o la cortesía; nace del respeto por el otro, y tiene como objetivo identificarse con él.
Y la misma palabra parece llevarnos
por caminos de exploración ilimitados y variadísimos. Significa, además de
identificación, o precisamente en función de ella, la acción que
requiere para demostrarla, y es entonces donde se ponen de manifiesto los
conceptos que incorpora: compañerismo, unión, fraternización, apoyo. A veces en
las relaciones humanas no necesariamente se da la armonía o la concordia, sin
embargo ello no limita a la solidaridad. La adhesión a la causa de otro, o la
comunidad de intereses y aspiraciones (otra definición del diccionario) puede
ser circunstancial, y sin embargo en la práctica tiene un peso de verdad y de
resultados que otros acercamientos, más pasajeros, no lograrían. Por eso la
solidaridad tiene que ver con los hechos y no con las palabras. Por algo su
origen deriva de la palabra sólido, y transmite la noción de lo que permanece,
de lo que se construye y perdura, de algo más tangible que las meras ideas.
La economía del lenguaje y la
tendencia actual a unificar y simplificar las variantes en un concepto claro y
único dieron cabida a la palabra solidaridad como la adecuada y definitiva.
Hasta pareciera haber llegado a sustituir muchas otras formas de denominar las
iniciativas colectivas de asistir a los necesitados, como caridad,
beneficencia, y otras similares. Resulta muy familiar desde la primera vez,
pues casi todos comenzamos a oírla desde los primeros años de la primaria.
Además suele repetirse en los más variados contextos: desde la Iglesia, los
sindicatos o la biología, hasta aquello que, recordemos, se constituyó en
nombre de un partido y emblema de un hecho histórico: la Solidarnosc liderada
por Lech Walesa en Polonia. De todo ello inferimos su fuerza, su riqueza y su
importancia. Su inmenso valor si la sacamos de los discursos para ponerla a
funcionar, ya que como concepto es tan adaptable a cualquier corriente de
pensamiento, tan versátil para atravesar fronteras raciales, geográficas o
religiosas. Tan dúctil como para equipararla con la equidad y el acuerdo,
nociones éstas entre cientos de otras que se habrán manejado en las
conversaciones de la cumbre, así como en la de cualquier otra reunión de
dirigentes de potencias, que tanto abundan por estos días.
Y precisamente, he ahí la ocasión
perfecta para poner a prueba estas virtudes: una conferencia de carácter
mundial que está signada por el pesimismo de sus asistentes y por lo gigantesco
de la misión a cumplir. El presidente Mbeki afirmó que “lo que se requiere de
nosotros es que acordemos medidas prácticas que ayuden a la humanidad (...) mediante un Plan de Aplicación, un plan
global creíble y con significado para alcanzar las metas”. Es interesante
observar cuánto del potencial de la solidaridad a la que él apela contiene esa
afirmación y se podría poner en práctica si hubiera la voluntad: acuerdo,
medidas prácticas, aplicación, plan creíble, alcanzar... Todas ellas
palabras que, dejadas en la frase del discurso, son estimulantes pero no sirven
de nada, pero sacadas de la retórica y traducidas en actos concretos, podrían
probar que si el llamado es tan claro, simple y fácil de entender, no debería
ser difícil de llevar a cabo. La solidaridad entonces se convertiría en el arma
primordial para combatir la depredación ignominiosa que sufre la tierra y su
población castigada, ésa que aparece en los cuadros estadísticos que nadie
tiene la paciencia de leer, con cifras millonarias referidas al hambre, los
analfabetos, el sida, el acceso al agua potable, y otras injusticias.
También es interesante descubrir que
como virtud polifacética que es, la solidaridad encuentra parentesco con el
objeto de su accionar cuando se la ejercita, y en este caso que nos ocupa, es
la preservación del equilibrio ecológico el escenario privilegiado donde
podríamos observarla en plena acción. La ecología tiene las mismas raíces,
aspiraciones y huellas en las almas sensibles, en cuanto a la tierra como
nuestro común hogar, que la solidaridad en cuanto a nuestros congéneres. Aquí
no importa la semántica sino la funcionalidad: lo ecológico es lo solidario, y
poco importa si ya ha sido acuñado el término “ecología social” o no, sino
aplicar tanto lo uno como lo otro. Amar la tierra es amar a sus habitantes y
viceversa, y de todos nosotros, individualmente, depende una ínfima porción del
esfuerzo mundial. El “progreso” derivado de la tecnología es el que nos ha
impuesto la globalización con sus consecuencias: el abismo de desigualdad
social, la destrucción de la naturaleza, la dificultad extrema para sobrevivir
de millones de personas, y el deterioro ambiental, para nombrar algunas, todas
ellas partes de una especie de gigante asesino que parece cernirse sobre el
planeta y al que hay que erradicar. Pero el ejercicio de la solidaridad es un
acto de servicio al progreso verdadero de la humanidad, aquél que
implique detener la progresiva ruptura del equilibrio ecológico natural que
incluye el social, porque cuando los recursos que son de todos los disfrutan
unos pocos no se puede hablar de desarrollo, avance, orden mundial o calidad de vida, ni ninguna
de esas palabras tan cacareadas en los congresos mundiales. El “principio
salvaje de la supervivencia del más fuerte”, tal como llamó Mbeki al pretendido
y mal llamado orden mundial que hay que desmantelar, debería haber quedado
atrás, muy atrás, en la prehistoria del hombre que creíamos haber superado con
la “civilización”. Esto es sólo el principio de un llamado a despertar.
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