Estimado señor Valiente:
Le escribo para expresarle mi total
acuerdo con lo que escribió en “Paraísos artificiales” * hace algunos meses.
La “ausencia de
referencia trascendente”, como usted la denomina, es algo que he venido
observando con preocupación, no solo en los norteamericanos, sino en grandes
sectores de la población de los países industrializados. Es un fenómeno tan
triste como dramático, ya que dispara toda clase de interrogantes en cualquier
dirección, muchas veces sin que haya noción de a qué se está apuntando ni cuál
será la respuesta a la búsqueda. La gran mentira del mensaje continuamente
asestado a hombres y mujeres de la sociedad consumista los envuelve en una
insatisfacción desesperante; les dice
que hay que cambiar, que todo son deficiencias -como usted bien dice- que hay
que subsanar: desde el color del pelo hasta el peso; desde la marca de un
electrodoméstico hasta la religión o el enfoque de conceptos tradicionales como
la familia, por ejemplo. Siempre hay algo nuevo en vidriera, y es una
obligación adquirirlo y experimentarlo. Tal artefacto es más potente o más
veloz; tal producto le ofrece la solución “instantánea”, sin esfuerzo, sin
incomodidad, sin esperas (“¡Llame ahora!”). Lo fácil siempre es mejor. Y si el
resultado va a ser una imagen más atractiva, el otorgamiento del “poder” que
nunca imaginó tener, el logro de la fama, o el éxito seguro, ¿por qué no
intentarlo? –se preguntará el espectador seducido-, porque piensa que no tiene
nada que perder con probar lo nuevo, que según la mentalidad tiránicamente
impuesta, siempre tiene que ser, indefectiblemente, mejor que lo anterior.
He ahí el gran
error: el ingenuo individuo cree que no perderá nada, solo dinero, que es poco
en comparación con lo que obtendrá. Lo que no sabe es que perderá, poco a poco,
su capacidad de elegir, de razonar, de decidir. Esa “paz siliconada del alma”
que usted refiere, es una excelente metáfora de ese estado hipnótico de
millones de víctimas a quienes se las engaña con diversos sucedáneos de paz. La
saturación de la mente con tantas ofertas de bienestar impide el desarrollo de
una voluntad lúcida que permita distinguir, evaluar, seleccionar. Entonces la
persona se repliega en su cómoda posición de cliente al que le sirven cualquier
cosa que desee. Nunca faltarán opciones: en el peor de los casos, puede
descansar en el aviso de “le devolvemos su dinero”. ¿Quién puede entonces
perturbar su tranquilidad? Mientras haya tantos elementos externos que den
sentido a su identidad, no tendrá que buscar nada dentro de sí. Mientras exista
el mundo tan denso como variado de lo artificial, no hará falta el esfuerzo de
inclinarse hacia la naturaleza. Más aún: con el formidable despliegue de
atractivos del espacio virtual, cada día hay menos tiempo, posibilidades y aun
deseos de observar lo real. Lo que es real
y palpable se convierte en algo inferior, casi despreciable, y
posiblemente hasta temido, porque supone el esfuerzo de la aproximación, de
tener la conciencia despierta para observarlo, de ejercer la voluntad para
asumirlo o rechazarlo. La realidad está para que el hombre la conozca y se
ocupe de ella. Lo artificial y virtual complacen, sirven, y son ellos los que
se ocupan del hombre, para apresurar su fin.
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