viernes, 26 de diciembre de 2003

Carta de lector a Enrique Valiente Noailles, en diciembre de 2003


Estimado señor Valiente:





Le escribo para expresarle mi total acuerdo con lo que escribió en “Paraísos artificiales” * hace algunos meses.


La “ausencia de referencia trascendente”, como usted la denomina, es algo que he venido observando con preocupación, no solo en los norteamericanos, sino en grandes sectores de la población de los países industrializados. Es un fenómeno tan triste como dramático, ya que dispara toda clase de interrogantes en cualquier dirección, muchas veces sin que haya noción de a qué se está apuntando ni cuál será la respuesta a la búsqueda. La gran mentira del mensaje continuamente asestado a hombres y mujeres de la sociedad consumista los envuelve en una insatisfacción desesperante;  les dice que hay que cambiar, que todo son deficiencias ­-como usted bien dice- que hay que subsanar: desde el color del pelo hasta el peso; desde la marca de un electrodoméstico hasta la religión o el enfoque de conceptos tradicionales como la familia, por ejemplo. Siempre hay algo nuevo en vidriera, y es una obligación adquirirlo y experimentarlo. Tal artefacto es más potente o más veloz; tal producto le ofrece la solución “instantánea”, sin esfuerzo, sin incomodidad, sin esperas (“¡Llame ahora!”). Lo fácil siempre es mejor. Y si el resultado va a ser una imagen más atractiva, el otorgamiento del “poder” que nunca imaginó tener, el logro de la fama, o el éxito seguro, ¿por qué no intentarlo? –se preguntará el espectador seducido-, porque piensa que no tiene nada que perder con probar lo nuevo, que según la mentalidad tiránicamente impuesta, siempre tiene que ser, indefectiblemente, mejor que lo anterior.


He ahí el gran error: el ingenuo individuo cree que no perderá nada, solo dinero, que es poco en comparación con lo que obtendrá. Lo que no sabe es que perderá, poco a poco, su capacidad de elegir, de razonar, de decidir. Esa “paz siliconada del alma” que usted refiere, es una excelente metáfora de ese estado hipnótico de millones de víctimas a quienes se las engaña con diversos sucedáneos de paz. La saturación de la mente con tantas ofertas de bienestar impide el desarrollo de una voluntad lúcida que permita distinguir, evaluar, seleccionar. Entonces la persona se repliega en su cómoda posición de cliente al que le sirven cualquier cosa que desee. Nunca faltarán opciones: en el peor de los casos, puede descansar en el aviso de “le devolvemos su dinero”. ¿Quién puede entonces perturbar su tranquilidad? Mientras haya tantos elementos externos que den sentido a su identidad, no tendrá que buscar nada dentro de sí. Mientras exista el mundo tan denso como variado de lo artificial, no hará falta el esfuerzo de inclinarse hacia la naturaleza. Más aún: con el formidable despliegue de atractivos del espacio virtual, cada día hay menos tiempo, posibilidades y aun deseos de observar lo real. Lo que es real  y palpable se convierte en algo inferior, casi despreciable, y posiblemente hasta temido, porque supone el esfuerzo de la aproximación, de tener la conciencia despierta para observarlo, de ejercer la voluntad para asumirlo o rechazarlo. La realidad está para que el hombre la conozca y se ocupe de ella. Lo artificial y virtual complacen, sirven, y son ellos los que se ocupan del hombre, para apresurar su fin.



No hay comentarios:

Publicar un comentario