martes, 9 de noviembre de 2004

Lo malo de lo bueno



Estimado señor Moreno:



Quiero referirme a su artículo publicado en la columna Disparador del 7 de noviembre ppdo., con el cual me siento plenamente identificada, y las coincidencias que describo más abajo me motivaron a escribirle.
En primer lugar, me llamó la atención que su misma pregunta “¿Cómo era la vida sin….?” la haya hecho textualmente el lector Roberto Fushan en su carta a Clarín el pasado 9 de octubre. Él dice que “la vida era un poco mejor, pues no existía el estrés, la comida tenía sabor…”, y describe otras bondades del pasado pretecnológico.
El aspecto que quiero destacar es el relativo a ese nefasto engaño que usted llama “lo malo de lo bueno”: a medida que nos vamos habituando a tantos accesorios para una vida supuestamente más cómoda, nos vamos limitando en nuestra capacidad natural para hacer, pensar, crear, sentir y disfrutar, porque esa capacidad comienza a depender de los múltiples artefactos modernos artefactos modernospara funcionar. Hasta virtudes como la paciencia y la voluntad para el esfuerzo se ven disminuidas porque se nos hace difícil esperar o bregar por los resultados, desde un cálculo matemático usando sólo la memoria hasta consultas bibliográficas largas y detalladas ¡sin contar las variadísimas operaciones culinarias que se realizan en minutos gracias a los electrodomésticos!
Ese engaño es, como bien indica usted, la más poderosa y eficaz arma del aparato publicitario para debilitarnos en nuestra capacidad de razonar, elegir y decidir. Sobre este particular, quien suscribe también ha escrito varias veces, porque me inquieta el poder que despliega la economía de mercado para subyugar a las personas con el fin de convertirlas en autómatas consumidores, y algo aún peor: se esmera por convencer al público indefenso de que necesita de todos estos artículos superfluos, y que sin ellos todo es más difícil (si no imposible), y menos placentero.
Usted recordó a Motzart (otra coincidencia en la que vislumbro nuestra sintonía). Unos días atrás yo también lo había imaginado en alguna de sus brillantes ejecuciones, deleitando a una selecta audiencia con tan sólo su piano (sin amplificación eléctrica, de paso), como imagen contrastante con la portada del suplemento Espectáculos de Clarín de hace unos días, que muestra a un famosísimo músico argentino ostentando, en su concierto en vivo, ni más ni menos que ¡seis teclados! ¿realmente se toca mejor con seis que con uno?
Tal vez sea por ello que hoy en día extrañamos las sólidas y admirables virtudes de las grandes figuras de la historia como Colón, San Martín, Beethoven, Thomas A. Edison y tantísimos otros que nos dejaron un valioso ejemplo para emular: tenacidad, paciencia, espíritu de lucha, valentía y entrega personal, y cuyas únicas herramientas para trabajar eran inteligencia, sensibilidad, talento y voluntad. Todos ellos son valores a nuestro alcance, y si reconocemos que la tecnología deshumanizante se empeña en destruirlos, deberíamos emplearlos denodadamente en desplazar a tantos prescindibles artificios con los que pretende avasallarnos.




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