lunes, 2 de mayo de 2005

Cada mañana sale el sol



No sentirse desahuciado en este momento de la historia de la Argentina, es una actitud de valientes, pero que parece imponérsenos, como obligación, a todos por igual.
Cuando un niño fallece en un hospital por falta de recursos de éste para realizársele un trasplante, o un jubilado muere mientras hace la fila esperando su turno para cobrar, un poco de cada uno de nosotros también  resulta herido, también es víctima.  En cada uno de ellos estamos representados, así como en la niña de larga cabellera que, junto a su madre, hace cola frente a una fábrica de pelucas esperando que le compren su cabello con el fin de poder llevar comida a la mesa. En todos esos casos y millones de otros que observamos a diario en este querido país, la dignidad humana es atropellada, y nadie responde por el menoscabo. Nos mandan un mensaje institucional por tv que parece una cachetada, porque ni siquiera por ironía se podría tomar, de tan descarado: “Argentina de pie y en paz” ¿Cómo sostenerse en pie con el estómago vacío? ¿Cómo llenarlo cuando no hay trabajo para ganar el sustento? Y, finalmente, ¿Cómo conservar la paz , cuando uno ve ultrajados impunemente derechos humanos básicos, mínimos, como la alimentación o la salud? La violencia de la respuesta ciudadana obedece a la violencia sufrida individualmente en cada uno de estos atropellos; es  como un espejo, y no con esto pretendemos justificarla, sino tal vez intentar explicarla. La agresividad de los que protestan no hace más que reflejar la magnitud del daño recibido, y no se le puede pedir a un pueblo que responda con paz si se le hace la guerra. Se invadió por la fuerza la vida privada de los argentinos, su patrimonio, sus vínculos familiares, sus proyectos y sueños. Se violentaron todos los cerrojos que encerraban sus tesoros personales y familiares; los elementos valiosos de su pasado, esmeradamente guardados y cultivados, fueron arrancados sin previo aviso ni explicación alguna. Y en medio de tanta ruina, el Estado espera de la población paciencia, fortaleza, optimismo, perseverancia... Y no sólo lo espera, más bien lo pide, y también lo exige, porque no parece que dejaran opción. 
No obstante, sí la hay, pero parte de nosotros. Fue reconfortante leer las respuestas de los lectores a un debate planteado por un importante medio de prensa, en el que se les preguntaba si creían que los argentinos saldremos de la crisis. Una joven alumna de un colegio de Olivos sintetizaba sus expectativas con esta frase: “mientras tengamos la vida y podamos usar la razón, hay posibilidades”, y era parte del grupo más optimista –¡cómo no sorprenderse! –entre los lectores: alumnos de entre 7º y 9º grado. En sus respuestas, como en la gran mayoría de las otras, los conceptos predominantes eran la esperanza, el futuro, y una visión positiva del porvenir. Cabe preguntarse cómo puede surgir esta actitud dentro de tanta desazón, siendo que la incertidumbre reinante es tan eficaz vehículo para el desaliento. La respuesta es sencilla, y la aportaba, precisamente, otro lector con estas palabras: “aún tenemos valores que nadie nos puede robar”.  Y creo que allí reside el secreto de la esperanza. La valentía no es atributo exclusivo de los fuertes, y en cada aspiración del ser humano hay, al menos, una semilla de voluntad y otra de valor para consumarla.
El refrán popular dice “mientras hay vida, hay esperanza”, y esto inspirado en el mismo libro bíblico que contiene aquella reflexión del sabio: “Ni es de los veloces la carrera, ni de los fuertes la guerra, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes las riquezas, ni de los elocuentes el favor; pues a todos les llega el tiempo y la ocasión” (Ec. 9:11). Esto lo decía hace más de 21 siglos, pero desde entonces la esperanza no ha cambiado de nombre ni de lugar de residencia: sigue habitando dentro del corazón del hombre, bóveda de cerradura invulnerable.
El 25 de mayo se izará con orgullo una bandera que por siglos ha permanecido fiel a esta patria, exhibiendo en su centro un sol que no deberíamos ignorar. En lugar de repetir una vez más este acto convirtiéndolo en casi un rito mecánico, quizá podamos darle un significado valedero, si tan sólo dejamos que ese dorado símbolo nos recuerde el verdadero sol, ése que sale para buenos y malos, con la misma constancia una y otra vez. Cada día vuelve a salir el sol. Cada día es una invitación a continuar. El camino se irá abriendo a nuestro paso.



No hay comentarios:

Publicar un comentario