No sentirse desahuciado en este
momento de la historia de la Argentina, es una actitud de valientes, pero que
parece imponérsenos, como obligación, a todos por igual.
Cuando un niño fallece en un
hospital por falta de recursos de éste para realizársele un trasplante, o un
jubilado muere mientras hace la fila esperando su turno para cobrar, un poco de
cada uno de nosotros también resulta
herido, también es víctima. En cada uno
de ellos estamos representados, así como en la niña de larga cabellera que,
junto a su madre, hace cola frente a una fábrica de pelucas esperando que le
compren su cabello con el fin de poder llevar comida a la mesa. En todos esos
casos y millones de otros que observamos a diario en este querido país, la dignidad
humana es atropellada, y nadie responde por el menoscabo. Nos mandan un mensaje
institucional por tv que parece una cachetada, porque ni siquiera por ironía se
podría tomar, de tan descarado: “Argentina de pie y en paz” ¿Cómo sostenerse en
pie con el estómago vacío? ¿Cómo llenarlo cuando no hay trabajo para ganar el
sustento? Y, finalmente, ¿Cómo conservar la paz , cuando uno ve ultrajados
impunemente derechos humanos básicos, mínimos, como la alimentación o la salud?
La violencia de la respuesta ciudadana obedece a la violencia sufrida
individualmente en cada uno de estos atropellos; es como un espejo, y no con esto pretendemos
justificarla, sino tal vez intentar explicarla. La agresividad de los que
protestan no hace más que reflejar la magnitud del daño recibido, y no se le
puede pedir a un pueblo que responda con paz si se le hace la guerra. Se
invadió por la fuerza la vida privada de los argentinos, su patrimonio, sus
vínculos familiares, sus proyectos y sueños. Se violentaron todos los cerrojos que
encerraban sus tesoros personales y familiares; los elementos valiosos de su
pasado, esmeradamente guardados y cultivados, fueron arrancados sin previo
aviso ni explicación alguna. Y en medio de tanta ruina, el Estado espera de la
población paciencia, fortaleza, optimismo, perseverancia... Y no sólo lo
espera, más bien lo pide, y también lo exige, porque no parece que dejaran
opción.
No obstante, sí la hay, pero
parte de nosotros. Fue reconfortante leer las respuestas de los lectores a un
debate planteado por un importante medio de prensa, en el que se les preguntaba
si creían que los argentinos saldremos de la crisis. Una joven alumna de un
colegio de Olivos sintetizaba sus expectativas con esta frase: “mientras
tengamos la vida y podamos usar la razón, hay posibilidades”, y era parte del
grupo más optimista –¡cómo no sorprenderse! –entre los lectores: alumnos de
entre 7º y 9º grado. En sus respuestas, como en la gran mayoría de las otras,
los conceptos predominantes eran la esperanza, el futuro, y una visión positiva
del porvenir. Cabe preguntarse cómo puede surgir esta actitud dentro de tanta
desazón, siendo que la incertidumbre reinante es tan eficaz vehículo para el
desaliento. La respuesta es sencilla, y la aportaba, precisamente, otro lector
con estas palabras: “aún tenemos valores que nadie nos puede robar”. Y creo que allí reside el secreto de la
esperanza. La valentía no es atributo exclusivo de los fuertes, y en cada
aspiración del ser humano hay, al menos, una semilla de voluntad y otra de valor
para consumarla.
El refrán popular dice
“mientras hay vida, hay esperanza”, y esto inspirado en el mismo libro bíblico
que contiene aquella reflexión del sabio: “Ni es de los veloces la carrera, ni
de los fuertes la guerra, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes las
riquezas, ni de los elocuentes el favor; pues a todos les llega el tiempo y la
ocasión” (Ec. 9:11). Esto lo decía hace más de 21 siglos, pero desde entonces
la esperanza no ha cambiado de nombre ni de lugar de residencia: sigue habitando
dentro del corazón del hombre, bóveda de cerradura invulnerable.
El 25 de mayo se izará con
orgullo una bandera que por siglos ha permanecido fiel a esta patria,
exhibiendo en su centro un sol que no deberíamos ignorar. En lugar de repetir
una vez más este acto convirtiéndolo en casi un rito mecánico, quizá podamos
darle un significado valedero, si tan sólo dejamos que ese dorado símbolo nos
recuerde el verdadero sol, ése que sale para buenos y malos, con la misma
constancia una y otra vez. Cada día vuelve a salir el sol. Cada día es una
invitación a continuar. El camino se irá abriendo a nuestro paso.
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