Un rato de ocio. Nos adelantamos en el tiempo a épocas futuras, muy
futuras al parecer –según las señales de nuestro presente– y leemos:
“Por entonces
Mercado era un imperio absolutista que dominaba todo el mundo conocido. Erigido
y sostenido en honor al dios Dinero, el gobierno se lo repartían un puñado de
países que mantenían guerras encarnizadas entre Occidente y Oriente con el fin
–entre otros igual de mezquinos– de apoderarse del producto más preciado y
codiciado que la tierra ofrecía en aquellos tiempos: el petróleo. Dicho sistema
dictatorial había progresado vertiginosamente
en manos de oligarcas que insistían en que la ideología que lo
sustentaba era la democracia, y bajo ese falso estandarte acrecentaban su poder
económico, político y militar, y cabalgando sobre tal engaño político, iban
pisando cabezas de cientos de millones de personas hundidas en la pobreza, el
hambre y las epidemias, además de otras muchas calamidades. A esta población
oprimida, que constituía la mayor parte de la población mundial, se la llamaba
despectivamente «el Tercer Mundo». Al imponerse por la fuerza en prácticamente
todas las áreas de la vida de las personas, el imperio fue socavando las bases
más antiguas y sólidas de la dignidad humana, interfiriendo en la educación,
salud, hábitos de vida, cultura, ideología, religión e instituciones de sus
“súbditos” del Tercer Mundo. Es así que en crónicas del año 2005 d.C. se relata, por ejemplo, el caso de un respetado
cura de la Argentina, reconocido por su lucha incansable a favor de los pobres
y desamparados, quien en una entrevista televisiva se refería a una nueva
modalidad en la construcción de las casas de cierta barriada marginal, que en
ese país se conocían como «villas miseria». Estas viviendas que describía,
ahora se construían sin cocina. Simplemente se les instalaba un calentador para
el mate (véase glosario). Ante el asombro de la periodista, el sacerdote
explicó que al no haber alimento alguno que compartir, la antigua y muy
arraigada tradición de la mesa familiar había sido definitivamente suprimida
del hogar. Por lo tanto, cada
integrante de las familias pobres según
su edad y condición trataba de recibir algunas de las comidas necesarias de
cada día. Para ello, en todo el país existían establecimientos a los que
asistían indigentes, ancianos sin familia, o madres con hijos de corta edad,
según se tratara de «comedores» populares (a cargo de organizaciones sin fines
de lucro o dependencias del gobierno), guarderías o algún otro tipo de refugio
ofrecido por solidaridad. Para la familia implicaba un ahorro de espacio,
muebles, comestibles y utensilios. Sin embargo, aquella nueva forma de vida era
un atropello del imperio que, sin piedad alguna iba destruyendo uno por uno
los elementos básicos del sistema de valores sobre los que se había construido
la sociedad hasta ese momento de la historia del hombre”.
Volvemos de nuestro viaje de la imaginación y al aterrizar nos
preguntamos si no será ésta una página de un libro de historia universal para
alumnos de secundaria. ¿Qué año? Aventuremos alguno: 2500, 3000 tal vez…
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