miércoles, 15 de junio de 2005

Vasallos de los mercaderes




Un rato de ocio. Nos adelantamos en el tiempo a épocas futuras, muy futuras al parecer –según las señales de nuestro presente– y leemos:

“Por entonces Mercado era un imperio absolutista que dominaba todo el mundo conocido. Erigido y sostenido en honor al dios Dinero, el gobierno se lo repartían un puñado de países que mantenían guerras encarnizadas entre Occidente y Oriente con el fin –entre otros igual de mezquinos– de apoderarse del producto más preciado y codiciado que la tierra ofrecía en aquellos tiempos: el petróleo. Dicho sistema dictatorial había progresado vertiginosamente  en manos de oligarcas que insistían en que la ideología que lo sustentaba era la democracia, y bajo ese falso estandarte acrecentaban su poder económico, político y militar, y cabalgando sobre tal engaño político, iban pisando cabezas de cientos de millones de personas hundidas en la pobreza, el hambre y las epidemias, además de otras muchas calamidades. A esta población oprimida, que constituía la mayor parte de la población mundial, se la llamaba despectivamente «el Tercer Mundo». Al imponerse por la fuerza en prácticamente todas las áreas de la vida de las personas, el imperio fue socavando las bases más antiguas y sólidas de la dignidad humana, interfiriendo en la educación, salud, hábitos de vida, cultura, ideología, religión e instituciones de sus “súbditos” del Tercer Mundo. Es así que en crónicas del año 2005 d.C.  se relata, por ejemplo, el caso de un respetado cura de la Argentina, reconocido por su lucha incansable a favor de los pobres y desamparados, quien en una entrevista televisiva se refería a una nueva modalidad en la construcción de las casas de cierta barriada marginal, que en ese país se conocían como «villas miseria». Estas viviendas que describía, ahora se construían sin cocina. Simplemente se les instalaba un calentador para el mate (véase glosario). Ante el asombro de la periodista, el sacerdote explicó que al no haber alimento alguno que compartir, la antigua y muy arraigada tradición de la mesa familiar había sido definitivamente suprimida del hogar. Por lo tanto,  cada integrante  de las familias pobres según su edad y condición trataba de recibir algunas de las comidas necesarias de cada día. Para ello, en todo el país existían establecimientos a los que asistían indigentes, ancianos sin familia, o madres con hijos de corta edad, según se tratara de «comedores» populares (a cargo de organizaciones sin fines de lucro o dependencias del gobierno), guarderías o algún otro tipo de refugio ofrecido por solidaridad. Para la familia implicaba un ahorro de espacio, muebles, comestibles y utensilios. Sin embargo, aquella nueva forma de vida era un atropello del imperio que, sin piedad alguna iba destruyendo uno por uno los elementos básicos del sistema de valores sobre los que se había construido la sociedad hasta ese momento de la historia del hombre”.

Volvemos de nuestro viaje de la imaginación y al aterrizar nos preguntamos si no será ésta una página de un libro de historia universal para alumnos de secundaria. ¿Qué año? Aventuremos alguno: 2500, 3000 tal vez…


 
                          

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