Estimado
señor Nelson Castro:
Los
quiero felicitar por la entrevista con Paul Stabholz que leí en Perfil del pasado domingo, como también felicitaría
en persona a este admirable hombre si tuviera la oportunidad de conocerlo, como
muchos lo hicieron en la inauguración del comedor de Raúl Castells. Es
reconfortante. No es fácil encontrar hoy en día, y menos aún en los niveles
socioeconómicos altos, una persona que posea esa claridad interna, reflejada en
un pensamiento que luce tan sencillo: “estamos en posición de ayudar =
debemos ayudar”. Agrego el signo de igual a esta afirmación de Stabholz
porque es clave para marcar la diferencia entre quien puede llevar ese
pensamiento a la acción, y aquél que lo lee como una ecuación difícil de
resolver, y por lo tanto se conforma con no actuar. No cualquiera de los que
disfrutan de una situación de solvencia económica como la de él es así de
valiente. Y son los valientes los que pueden rescatar a este país. El hecho de
ser un hombre pudiente, conectado con las principales capitales del mundo,
conocido en la actividad financiera mundial, no lo separa de sus compatriotas,
simplemente porque él mismo no separa esa situación privilegiada de su
condición de ser humano. A eso llamo claridad interna. El suyo no es el típico
discurso estéril al que estamos acostumbrados, sino uno que él avala con su
conducta, porque su apoyo lo demuestra con actos concretos. Su razonamiento de
que si nadie hace nada por resolver un problema, esta deficiencia es un
componente más del problema, no proviene de una inteligencia extraordinaria, ni
de años de estudios filosóficos, sino de una mirada incisiva sobre la realidad,
que observa la multitud inútil de los que se quejan pero no proponen soluciones.
Ni con buena intención (que no basta), ni con la crítica (que no mejora las
cosas) se logra la restauración de un país. Por el contrario, tal aspiración
queda, de ese modo, presa en cada una de esas voluntades inoperantes, vencida
por la pereza o la retórica, que siempre son más fuertes. Stabholz tiene
humildad como para colaborar con algo tan modesto comparado con su medio
habitual, y a la vez, la altura de no juzgar al que no lo hace, como tampoco
hacer caso de quienes se molestan por lo que él sí hace. Eso se llama grandeza de alma. Ojalá que esa operación matemática (de
suficiente simpleza como para un niño de primaria) que él indica para calcular
el costo de apadrinar una escuela,
se convierta en la llave que abra las mentes de los que todavía no han puesto
sus conocimientos de administración de empresas a funcionar a favor de la
sociedad. Espero que su ejemplo sea un estímulo para muchos, aquí y en
cualquier lugar del mundo. Aquellos que hablan favorablemente de "sumar" como un principio motivador,
quizás encuentren en este modelo de acción la posibilidad de ascender a un
nivel superior, el de multiplicar. Sabemos el efecto multiplicador de la
semilla que se siembra, y es alentador ver en plena acción a un sembrador.
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