Quisiera por un momento creer que mi mente alberga la imaginación de un niño y pensar con la frescura y pureza que él lo haría. Entonces me preguntaría dónde está y qué estará pensando San Nicolás en este mismo instante. Me refiero a aquel remoto personaje quien, de ser un obispo de la Turquía del siglo IV, pasó a nutrir leyendas de las lejanas tierras nórdicas que cautivaban la imaginación de los pequeños, llenándola de una entusiasta expectativa por los regalos que llegarían cierta noche decembrina. El santo medieval ha quedado muy distante del sentido y la dimensión que hoy tiene esta temporada festiva para los niños modernos.
Si él supiera en qué quedó convertido tal vez desearía viajar en la máquina del tiempo y, llegando al día en que nació, desaparecer para preservarse intacto en su calidez e inocencia. ¿Quién podría reconocerlo ahora transformado en Santa Claus?
Ahora, volviendo a pensar como el adulto que soy, no creo que sean cientos sino miles las personas que ignoran lo que significa en español la palabra Navidad, es decir: nacimiento. Y menos aún –pienso con pesimismo– espero que comprendan qué nacimiento es ése que tanto se celebra, y que no ha habido otro en la historia de la humanidad que haya producido más cambios y beneficios para esa misma humanidad. Si supieran que aquel niño acostado entre animales en un modestísimo pesebre significó el más revolucionario acontecimiento para la historia del hombre como ser provisto de alma, quizás tendrían más respeto por esta fecha que hoy no es más que un evento cultural señalado con rojo en los almanaques.
Fue el día que el hombre recibió el don más precioso del cielo. El mismo día y el mismo don que hoy aparecen desvalorizados y arrinconados bajo las telarañas y el polvo que acumuló sobre ellos la desidia espiritual de los hombres en estos dos milenios posteriores. El vértigo mercantilista invita a la sociedad a subirse a su velocísimo carrusel, en el que giran para no sentir ni pensar, sino consumir y devorar, encandilados y eufóricos.
¿Quién no recuerda aquella frase? Navidad de... O mejor dicho: Vanidad de vanidades. Qué triste parecido, y lo que describía con estas palabras el Predicador en el Eclesiastés no está tan lejos de lo que presenciamos actualmente. El santuario fue convertido en feria de mercaderes, pero no hay ningún valiente que venga a voltear las mesas donde a los incautos se les venden figuritas de plástico en vez de ofrecerles gratuitamente el oro del corazón del Rey.
Pobre San Nicolás, pobre Niño Jesús –si cabe la expresión y obviando, naturalmente, la distancia sideral entre ambos–; qué sentirán, el uno convertido en falso rey, el otro, rey verdadero, al ver en la fecha conmemorativa que su imagen simboliza, la banalidad institucionalizada por el hombre que se ha olvidado de que tiene alma, y también espíritu.
Queremos rescatar del polvo que ha escondido el brillo de la verdadera Navidad, su fulgor auténtico, el que tiene la fuerza de la verdad imperecedera. No es con colores relucientes y campanas de alegría que podremos ver esa verdad reflejada en nuestro escenario cotidiano. Ellos sólo transforman la realidad habitual en un ambiente visualmente atractivo que invita a celebrar. Pero si con la misma inversión de tiempo, empeño y perseverancia nos dedicáramos ésta y todas las Navidades a revestir de sensibilidad nuestra condición humana, de la misma manera que decoramos el ambiente exterior, tal vez la Navidad algún día podría volver a ser lo que debió ser siempre, en su pureza y autenticidad.
No debería ser un adorno temporal, para descartar después de que terminen las fiestas. Un cambio en las actitudes y sentimientos no le hace mal a nadie, pero sí nos hace mucho bien a todos. Que la buena voluntad, frase que evoca las palabras bíblicas relativas a esta fecha, pueda convertirse en una realidad vivida a diario por cada uno, la verdad que sustituya el eslogan, la falacia destronada, y en su lugar un esfuerzo sincero de ejercitar esas virtudes que estas dos palabras encierran.
Cuando la mano ansiosa del niño sin esperanza se extiende a la espera de que le obsequien la figurita de plástico, el amor del Redentor pone en ella una porción de oro puro, de su propio corazón.
Publicado por primera vez en el periódico "HOY " en diciembre de 2002

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