Marzo: vuelve a
comenzar el año laboral después de las vacaciones veraniegas, y también las
clases, así como un sinfín de actividades de todo tipo que invitan a
reinstalarse en una actitud “de trabajo”. El ciudadano común se enrola en la
marejada activista que se supone debe arrastrar a todos en esta época, y sin
darse cuenta, vuelve a quedar preso en las redes de la maquinaria productiva.
Es por ello que nos parece oportuno este momento del año para hacer un alto y
ver las diferencias de actitud, disposición, y hasta hábitos que hay entre el
pasado reciente –en el cual suspendimos toda mentalidad utilitaria a favor del
descanso– y el presente que nos convoca a emprender las tareas de un nuevo año
de trabajo. Sería lo deseable no dejar que se diluya ese contraste en la densa
atmósfera de las obligaciones cotidianas, donde para todo hay horario y presión
de algún tipo.
Si de
la noche a la mañana cambiamos (a manera de ejemplo) la reposera por la
computadora, si perdemos la capacidad de observar el cielo o los árboles sin
prisa ni finalidad alguna reservando el interés solamente para mirar facturas
vencidas o noticias alarmantes, y nos olvidamos de que en nosotros está la
facultad de contemplar la naturaleza o de disfrutar del descanso y de la
comunicación con nuestros semejantes, pronto nos veremos repentinamente
atrapados en una rutina que nos mecaniza y nos aprisiona en horarios y plazos. Si
en nuestra vida diaria la calidad ha comenzado a dejar su lugar a la cantidad,
y si aprobamos ciegamente lo generalmente aceptado sin comprobar si lo que nos
funciona a cada uno como individuo es mejor, veremos deteriorarse día a día el
clima saludable que hasta hace poco nos rodeaba, hasta que el desenfreno nos
gane el terreno y volvamos a caer en ese “no tengo tiempo” que parece ser la
contraseña de saludo entre los habitantes de las ciudades hoy en día. Todas
estas son señales que podemos detectar desde ahora y hacer entonces una especie
de examen retrospectivo, en pro de nuestra salud, de la forma de comportarnos
diariamente durante las vacaciones y los cambios que el sistema social ya nos
empieza a imponer al indicar el año laboral y lectivo.
“Vivir
es aprender, para ignorar menos –nos instruye José Ingenieros–; es amar, para
vincularnos a una parte mayor de la humanidad; es admirar, para compartir las
excelencias de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un
incesante afán de elevación hacia ideales definidos”. Vivir de otra manera no
es exactamente vivir: los poderes que
influencian a las masas solo pueden llenar los cerebros vacíos: El hombre que
deja que ellos elijan y piensen por él, y lo envuelvan con sus múltiples
atractivos hasta que es incapaz de juzgar si alguno de ellos (o todos) son
nocivos o al menos inútiles, empieza a descender hasta un nivel de vida que ya
no es tal, sino tan solo una existencia mediocre. Cuando en su caja de
resonancia mental retumba el eco de los más variados y discordantes ruidos,
apagando cualquier voz interna que lo pueda conducir a la verdad, comienza a
vislumbrarse para él un futuro también mediocre. Es deber del hombre sabio
cuidarse de no permitir que nada ni nadie lo prive de su voluntad. Aquella
voluntad que le permite ejercer la libertad de hacerse bien a sí mismo, en
primer lugar, para poder compartirlo luego con los demás.
Sería
ideal poder aprovechar esta coyuntura que marca el calendario como indicador de
otro comienzo, el que cada uno de
nosotros individualmente podría imponerse a sí mismo: el comienzo de otro
estilo de vida.
Este
modo de “vivir” mecanizados por las obligaciones apremiantes (ése que los
médicos analizan para diagnosticarnos “síndrome de fatiga crónica”) nos podría
ganar la batalla atentando contra nuestra integridad anímica y física, a menos
que lo remplacemos por un modo diferente de tomar la vida, no dejando que
nuestras relaciones humanas pierdan la calidez, ni nuestros proyectos su
brillo, ni nuestro hogar su alegría. Vivir,
entonces, significa valorar la vida, que para eso nos fue dada, y para ello
basta con conservar sus dos virtudes principales: bienestar y paz.
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