domingo, 2 de marzo de 2014

Vivir o existir: ésa es la cuestión




Marzo: vuelve a comenzar el año laboral después de las vacaciones veraniegas, y también las clases, así como un sinfín de actividades de todo tipo que invitan a reinstalarse en una actitud “de trabajo”. El ciudadano común se enrola en la marejada activista que se supone debe arrastrar a todos en esta época, y sin darse cuenta, vuelve a quedar preso en las redes de la maquinaria productiva. Es por ello que nos parece oportuno este momento del año para hacer un alto y ver las diferencias de actitud, disposición, y hasta hábitos que hay entre el pasado reciente –en el cual suspendimos toda mentalidad utilitaria a favor del descanso– y el presente que nos convoca a emprender las tareas de un nuevo año de trabajo. Sería lo deseable no dejar que se diluya ese contraste en la densa atmósfera de las obligaciones cotidianas, donde para todo hay horario y presión de algún tipo.
Si de la noche a la mañana cambiamos (a manera de ejemplo) la reposera por la computadora, si perdemos la capacidad de observar el cielo o los árboles sin prisa ni finalidad alguna reservando el interés solamente para mirar facturas vencidas o noticias alarmantes, y nos olvidamos de que en nosotros está la facultad de contemplar la naturaleza o de disfrutar del descanso y de la comunicación con nuestros semejantes, pronto nos veremos repentinamente atrapados en una rutina que nos mecaniza y nos aprisiona en horarios y plazos. Si en nuestra vida diaria la calidad ha comenzado a dejar su lugar a la cantidad, y si aprobamos ciegamente lo generalmente aceptado sin comprobar si lo que nos funciona a cada uno como individuo es mejor, veremos deteriorarse día a día el clima saludable que hasta hace poco nos rodeaba, hasta que el desenfreno nos gane el terreno y volvamos a caer en ese “no tengo tiempo” que parece ser la contraseña de saludo entre los habitantes de las ciudades hoy en día. Todas estas son señales que podemos detectar desde ahora y hacer entonces una especie de examen retrospectivo, en pro de nuestra salud, de la forma de comportarnos diariamente durante las vacaciones y los cambios que el sistema social ya nos empieza a imponer al indicar el año laboral y lectivo.
“Vivir es aprender, para ignorar menos –nos instruye José Ingenieros–; es amar, para vincularnos a una parte mayor de la humanidad; es admirar, para compartir las excelencias de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un incesante afán de elevación hacia ideales definidos”. Vivir de otra manera no es exactamente vivir: los poderes que influencian a las masas solo pueden llenar los cerebros vacíos: El hombre que deja que ellos elijan y piensen por él, y lo envuelvan con sus múltiples atractivos hasta que es incapaz de juzgar si alguno de ellos (o todos) son nocivos o al menos inútiles, empieza a descender hasta un nivel de vida que ya no es tal, sino tan solo una existencia mediocre. Cuando en su caja de resonancia mental retumba el eco de los más variados y discordantes ruidos, apagando cualquier voz interna que lo pueda conducir a la verdad, comienza a vislumbrarse para él un futuro también mediocre. Es deber del hombre sabio cuidarse de no permitir que nada ni nadie lo prive de su voluntad. Aquella voluntad que le permite ejercer la libertad de hacerse bien a sí mismo, en primer lugar, para poder compartirlo luego con los demás.
Sería ideal poder aprovechar esta coyuntura que marca el calendario como indicador de otro comienzo, el que cada uno de nosotros individualmente podría imponerse a sí mismo: el comienzo de otro estilo de vida.
Este modo de “vivir” mecanizados por las obligaciones apremiantes (ése que los médicos analizan para diagnosticarnos “síndrome de fatiga crónica”) nos podría ganar la batalla atentando contra nuestra integridad anímica y física, a menos que lo remplacemos por un modo diferente de tomar la vida, no dejando que nuestras relaciones humanas pierdan la calidez, ni nuestros proyectos su brillo, ni nuestro hogar su alegría. Vivir, entonces, significa valorar la vida, que para eso nos fue dada, y para ello basta con conservar sus dos virtudes principales: bienestar y paz.

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